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viernes, 5 de abril de 2013

REFLEXIÓN METAFÍSICA (II)

Semejante tipo de reflexión puede ciertamente parecer algo ocioso o innecesario, sobre todo en la medida en que el desarrollo de los saberes positivos parece hacer cada vez más superfluo todo pensamiento que no sea puramente instrumental. ¿Para qué entonces la metafísica? ¿Cuál es el sentido de semejante "disciplina"? Parece que el ser humano, en efecto, pudiera pasarse perfectamente sin ella, dado que al fin y al cabo no soluciona problema alguno; incluso entre los defensores de la importancia de la filosofía, hay muchos que sostienen que ésta puede y debe pasarse sin la metafísica, la cual no sería sino un lastre del pasado, de una época en la que diferentes cosmovisiones precientíficas se disputaban –mezclándose además en ello ingredientes religiosos y políticos– la mente y el corazón del hombre. Pero, lejos de esta visión tan simplista del asunto, acudamos a un autor contemporáneo, Ortega y Gasset (especialmente a su obra Unas lecciones de metafísica), para ver cómo se sitúa ante él. 

El filósofo madrileño nos dice que la metafísica es una de las muchas actividades que puede realizar el ser humano, y no "una más" entre otras, por cierto, sino una esencial. A diferencia de las ciencias, la metafísica proporciona algo de lo que el hombre por término medio carece: orientación, sentido. Nuestra vida es pura perplejidad, desorientación, dice Ortega, y la metafísica no es otra cosa que la búsqueda más radical de orientación, que se remonta a un horizonte vital anterior no sólo al de cualquier ciencia, sino también al de la religión. Así pues, la metafísica surge de una muy concreta necesidad; no consiste en el dominio teórico de un campo previamente abierto, sino que satisface una carencia constitutiva del ser humano. Si no se llega a experimentar esa necesidad como tal, la dedicación a la metafísica nunca será "auténtica", sino sólo una mera disciplina académica que entonces, por ello mismo, pierde todo el valor que pudiera tener.

La idea de la orientación, nos dice Ortega, es mucho más radical y originaria que la del saber. No vale decir, como Aristóteles al comienzo de su Metafísica, que «todos los hombres desean por naturaleza saber», sino que más bien todo hombre se halla desorientado y necesita encontrar un rumbo vital, un sentido de su existencia. Es cierto que nos sentimos frecuentemente orientados (no todo el mundo, de hecho, se hace estas preguntas), pues contamos con muchas cosas –a las que Ortega se refiere como creencias–, es decir, las presuponemos; pero se trata de una orientación ficticia, dada, irreflexiva, siempre provisional. La auténtica orientación implica que experimentemos y asumamos nuestra desorientación, siempre previa a esas respuestas, y demos cuenta de ella mediante ideas, construcciones racionales.

La desorientación, de hecho, es nuestra vida, la "realidad radical" en cuyo horizonte aparece cualquier otra, "envolviéndola" (es el conjunto de lo que hacemos y lo que nos pasa); la desorientación no es un estado entre otros, en el que podamos hallarnos o no a nosotros mismos, sino nuestro estado esencial. De ahí que, como la metafísica es la búsqueda radical de orientación, sea también algo consustancial a nuestra vida. Nuestra vida, fuera de la cual no podemos saltar para encontrar una "comprensión pura" de los fenómenos, es ese horizonte con el que siempre contamos, pero en el que no solemos reparar; la metafísica pretende alcanzar una correcta aprehensión conceptual de eso que siempre tenemos delante y en lo que habitualmente no nos fijamos.

El yo, nuestro yo, prosigue Ortega, siempre se encuentra en una circunstancia, es decir, frente a todo lo que no es él mismo, lo que podríamos llamar no-yo (y que incluye todas las demás cosas y yoes). Nos topamos con ese no-yo, con el mundo, de hecho, antes que con nosotros mismos; nuestra propia autocomprensión depende de nuestra pertenencia (histórica y cultural) a ese mundo, que nunca es el mismo para todos los seres humanos. Pero todos estamos arrojados en un mundo, y tenemos que interactuar con él; no somos algo aparte de nuestro mundo, sino que ex-sistimos en él, esto es, estamos volcados en lo otro, fuera de nosotros mismos, enajenados. Vivir es proyectarse en lo otro. Nuestra circunstancia (circum-stantia, "lo que nos rodea") no es un lugar físico, sino un conjunto de relaciones. Y, como señala el célebre dictum orteguiano de las Meditaciones del Quijote, «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Es decir, que no nos cabe entendernos al margen de ese mundo en el que estamos arrojados y desorientados, perplejos. Un mundo en el que normalmente nos limitamos a vivir "sin más"; no obstante, en contadas ocasiones "interrumpimos" nuestra vida, o sea, dejamos de contar con el mundo, para reparar en él. Esto es lo que hace la metafísica: reflexionar acerca del mundo en que nos hallamos y, con él (pero siempre con él y en él), acerca de nosotros mismos. Toda otra ciencia, por el contrario, se atiene a un determinado género de objetos intramundanos, esto es, a algo que encontramos dentro de ese mundo, pero nunca al mundo mismo –aclaremos que el "mundo" de la metafísica no es lo mismo que el "universo" de la física–. Lo esencial, insiste Ortega, es experimentar la necesidad de tematizar de forma explícita (y por supuesto racional, conceptual) el mundo en cuanto tal. Esto ocurre especialmente en las coyunturas históricas en que el mundo parece tambalearse y perder su sentido, a saber, en las crisis históricas. Éstas son las épocas en las que la metafísica se hace más necesaria, precisamente por la urgencia de encontrar nuevos rumbos y metas de nuestra existencia. Las épocas de estabilidad, en cambio, suelen desentenderse de este tipo de reflexión, por razones obvias; nadie se preocupa por algo que parece perfectamente firme y fiable. Las crisis históricas son, así pues, el motor del pensamiento especulativo. Con una de ellas (allá por el siglo VI a. de C.) surgió la filosofía, y con cada una de ellas experimenta ésta una nueva revolución. La actual está todavía por llegar.

No sería por lo tanto la mera curiosidad lo que lleva al hombre a filosofar, como decía Platón; esa curiosidad ciertamente presente en él y que para el ateniense hacía comparables al filósofo y al niño, que siempre se pregunta el por qué de las cosas. Tampoco sería, sin más, el deseo natural de saber que para Aristóteles definía al hombre, el animal racional, y que estaría tras el impulso a la abstracción y la filosofía como formas de satisfacción. Y tampoco nos llevaría a ella el desgaste o la ruptura de las cosas, de las herramientas e instrumentos de nuestra vida fáctica –nuestro habitual "sistema de utilidades"–, lo cual nos obliga a preguntarnos por su funcionalidad, por lo que las cosas son, por su ser, como en cierto momento planteó Heidegger. Para Ortega la necesidad de la metafísica, de la filosofía en su sentido más profundo, procede de la inexcusable y perentoria búsqueda de sentido para nuestro mundo, un sentido que siempre parece deficitario, parece no dar de sí para cubrir todas las cosas que nos pasan. Una búsqueda de sentido muy diferente de la emprendida por el arte o la religión, que recurren a medios totalmente distintos. En vez de los símbolos del arte o de la fe que caracteriza la experiencia religiosa, el medio de la metafísica son los conceptos. Pero Ortega no entiende éstos como frías abstracciones, sino como la objetivación de problemas vitales humanos (de ahí que su doctrina se denomine "raciovitalismo"); la metafísica sería el ejercicio de la razón en que ésta, lejos de darle la espalda a la vida, le busca una finalidad.