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sábado, 6 de diciembre de 2014

RAJOY Y EL PROBLEMA DE LOS UNIVERSALES

La política española se está poniendo muy metafísica. No sé si de no comer, como decía Rocinante, o del empacho que se ha metido. Empacho de chorizo. Ahora Rajoy se deja caer con un discurso que a sus más fervientes defensores (esos que aplauden mientras les roban la cartera, pero les da igual: votarían a su partido hasta la tumba, porque son fieles a los colores, como si se tratara del equipo de fútbol) les ha parecido absolutamente épico. A mí me dio vergüenza ajena. Que el PP critique la corrupción es como cuando la Iglesia católica critica la pederastia: no tienen derecho a hacerlo. No mientras cada día aparezcan nuevos casos en los medios de comunicación. Es gracioso que se descalifique cualquier alternativa a la gestión de este chiringuito podrido al que llamamos "España", por considerarla "populista", mientras uno suelta discursos como el de Rajoy, que se podría resumir en una idea: vamos a promover leyes que prohiban hacer lo que nosotros hacemos todo el tiempo, porque ninguna ley nos impide hacerlo. Simplemente delirante. Petitio principii.

Pero el discurso tuvo más enjundia, como decía, porque alcanzó cotas metafísicas a las que ya no estamos acostumbrados, dada la total bajeza dialéctica de la chusma (no me vale ya ni el término "casta") metida en política en este país. Se nota que Rajoy tiene un teléfono rojo que conecta directamente con las universidades del Opus Dei y los Legionarios de Cristo; la influencia se notó tanto como en la redacción de la LOMCE o la abortada ley del aborto. Rajoy echó a andar por vericuetos filosóficos y nos ofreció una perla oratoria propia del siglo XII, al que por otro lado pertenece su ideario político. Y resulta que es nominalista, el tío, aunque lo es a conveniencia, como lo es todo en este insigne gobernante, siempre a sotavento. La argumentación viene a ser la siguiente:

1. Voy a aprobar un montón de leyes contra la corrupción.
2. Ahora bien, la corrupción no existe, es un término abstracto, y sólo existe lo concreto, particular. Hay corruptos, pero no "corrupción". En este país no hay corrupción. ¿Quién podría decir qué es la corrupción, en qué consiste su entidad? Eso sería ontificar una mera palabra, un flatus vocis
3. Las leyes tienen que ir contra los corruptos, así pues. Pero, ¿cómo saber lo que es un corrupto, si no disponemos del concepto, del universal que lo caracterice? ¿Cómo reconocerlo?
4. Rajoy carraspea. El ojo malo le tiembla sin control; ya sabemos lo que eso significa. El presidente lleva el polígrafo en la cara. Y concluye con un abracadabra lógico que habría maravillado, por su radicalidad, al propio Ockham: los corruptos tampoco existen. Ése es un término abstracto, como el de "corrupción". Vago, impreciso. Inaprehensible. Hagamos, pues, una leyes tan vagas que resulten totalmente inoperativas. Una red tan amplia que todo se le escape por su amplia malla. Leyes que no permitan pillar a ninguno de los nuestros. Porque si cazáramos a los corruptos, nosotros (como los amiguetes del PSOE) no tendríamos ni para llenar una lista electoral. Y eso iría contra la democracia representativa, claro. Llegaría el Coletas y nos sodomizaría.

Así que, en efecto, la política se está poniendo muy metafísica en España. Siempre pasa cuando hay graves crisis históricas y todo se tambalea: la metafísica regresa con fuerza. Esta mañana escuché a otro pepero decir en la radio algo así como "no se puede afirmar que en España haya corrupción estructural. Aunque tampoco se puede afirmar que ésta sea coyuntural". Hostias, pensé yo según lo oía, esto suena a Francisco Suárez, el insigne teólogo jesuita: la corrupción no es esencia, ni tampoco modo. Así pues, debe de ser atributo. Y en ésas estamos. Decidiendo el estatus ontológico de la corrupción. Un tema apasionante, sin duda. Colegas de profesión, esto resulta esperanzador. Quizá nos dé mucho trabajo en breve plazo. Estemos listos para la asesoría metafísica que, sin duda, pronto nos será solicitada.

David y Daniel Puche.