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sábado, 21 de marzo de 2015

PUNTOS DE PARTIDA (ANOTACIONES)

Las siguientes anotaciones son el resultado de una discusión acerca de la anterior entrada. A partir de las críticas recibidas, que agradezco en la medida en que me ayudan a mejorar y a corregir mis propias insuficiencias, sean expositivas o de fondo, hago ahora estas matizaciones, que deben ser referidas tanto a dicha entrada como, seguramente, al conjunto de lo que digo aquí.

1. Como en tantas ocasiones anteriores, mi intento de caracterización de la filosofía (de la cual estas páginas pretenden ser propedéutica, con lo que esa tarea se hace inevitable como parte del propio esfuerzo filosófico) se mueve entre la mera negatividad y el carácter programático. Carece, ciertamente, de todo contenido positivo propio, y evitar este problema bajo pretexto de que su contenido es "la sabiduría", "el mundo", "la nada", etc., no es sino una forma de eludir el problema. Sean lo que sean tales "cosas", se trata de conceptos negativos para acotar algo que no se presenta nunca como tal; ocupan el nombre de una búsqueda compleja que es mucho más que simplemente teórica. Todo contenido positivo de la filosofía será siempre estético, pero no en el sentido usual del término (como huida del pensamiento hacia la comodidad de sí mismo, una escolástica autorreferencial que permite hallar una razón de ser hablando siempre de la propia historia, o de metáforas y tropos, etc.; y ello por no hablar del más burdo sentido "poético" de una reflexión atrapada en la magdalena de Proust y otros grandes problemas), sino en el de un concepto para el que todavía no ha sido dada una intuición que, sin embargo, es posible a partir de las condiciones teórico-prácticas actuales. Un concepto que es al tiempo reflexión y crítica y hasta promesa; que remite a una forma de vida colectiva futura (o hasta presente, pero sólo si es un modelo de vida individual, que siempre será fragmento incompleto de la otra). Así, por ejemplo, el superhombre nietzscheano, o las nuevas formas de organización política de Platón o Marx. Éstas son grandes filosofías: ante todo, modelos de construcción práctica.

2. Hablo de las "intuiciones" del pensador, que son nociones acerca del espacio, del tiempo y de lo que hay en general. Pero "lo que hay en general", el "ente en tanto que ente", es la materia, el sustrato (hypokeímenon) de determinaciones que son espaciales y temporales. La materia no es el "resto" no conceptualizable de la forma, como en la ontología aristotélica, sino que más bien la forma es un momento de la materia. Sólo partiendo de esto podrá entenderse adecuadamente el par conceptual correlativo enérgeia-dýnamis; la materia es lo cognoscible (y cuantificable), perpetuo devenir según su propia legalidad inmanente, la cual regula los diferentes grados de organización que recorre, momentos formales cualitativamente diferentes en cada uno de los cuales se darán nuevas potencialidades que no había en los anteriores. Es decir, que habría que invertir las correlaciones de modo que la morphé fuera asociada a la dýnamis, entendida como posibilidad (la del momento en cuanto momento de un todo), y la hýle a la enérgeia, entendida como necesidad (la del todo en cuanto tal). La forma (eîdos, morphé), que para el pensamiento griego era "lo que la cosa verdaderamente es", es en realidad un mero momento del auténtico ser de la cosa, que es materia en devenir y consecuentemente pérdida de forma. La entropía que constituye la propia temporalidad e irreversibilidad del universo. Sólo así, de forma coherente con la física actual (¿puede la filosofía no serlo?), se puede explicar la convertibilidad de la materia y la energía y armonizar la filosofía que debe haber con la ciencia que hay. No es cosa de la filosofía actual construir una ontología, pero no porque el asunto carezca ya de importancia, ¿cómo va a hacerlo? Lo que ocurre es que la ontología la construye la ciencia, que para algo es la epistéme de nuestro tiempo (lo cual parece históricamente definitivo). Y lo hace en progresivos niveles de organización (los de la propia materia, claro), los cuales a su vez abren sucesivos campos de reflexión a la filosofía (que siempre habrá de trabajar en campos abiertos para ella por otras disciplinas): el físico (que es el específicamente ontológico), el químico, el biológico, el antropológico, el socioeconómico, el psicológico, etc. En todo caso, si se pretende hablar de una "ontología filosófica", la cual sería inevitablemente hermenéutica (porque la filosofía interpreta, no demuestra, y su terreno de juego no es el de la verdad, sino el del sentido), no podría tratarse de otra cosa que de su propia autorreflexión metodológica (lo que la mayoría de "hermeneutas", empezando por Heidegger y Gadamer, han querido de hecho evitar, con funestos resultados). Eso es lo que una y otra vez trato de abordar aquí, en la forma ya referida de un incesante work in progress.

3. Las determinaciones que se niegan, que se superan (el trabajo del lógos), ¿son las de la cosa o las del propio pensamiento? He aquí una gran ambigüedad que el pensamiento filosófico arrastra desde antiguo y de la que no termina de salir. Tal y como yo lo entiendo, se trata de las del propio pensamiento (esto es, los conceptos). Y por ello, fundamentalmente, las de lo social, artificial: las del mundo. Las naturales se conocen y manipulan hasta donde la ciencia y la tecnología lo permiten, pero no se "superan"; permanecen ahí como limitaciones, como modos de la necesidad. Todo lo que el sujeto puede superar es porque pertenece al propio sujeto (que así se auto-supera, se transforma él mismo) y a su mundo, no a la phýsis. De lo contrario se cae en un idealismo mistificante, al que hay que recordar que el sujeto no es el Espíritu. Esa negación-superación, por otro lado, no ha de ser abstracta, indeterminada: tiene una dirección, un sentido "correcto". Entiéndase esto si se quiere como un "postulado metodológico", pero, dado que hay una realidad (parto de un modelo monista de la realidad y no creo que haya legitimidad para sostener hoy otro, el cual tendría que empezar por justificar su derecho a existir), habrá una verdad: y ésta constituiría la posibilidad de la convergencia de resultados de diferente procedencia, su aplicabilidad desde unos campos a otros. "Verdadero" es aquello que se puede predecir o producir, y lo demás es charlatanería. Ahora bien, en el terreno práctico, que tiene singular importancia para la filosofía, la legitimidad de sus proposiciones puede medirse por su universabilidad, por su posibilidad de componerse con otras en un todo coherente. Éste es el gran descubrimiento de Platón y Kant, que abre el "continente de lo práctico" al estudio racional. El ser humano sólo accede a su mundo de forma mediata, a través de conceptos, representaciones que tienen algo de sensorial (biológico) y algo de lingüístico (cultural); o bien el sujeto, a través de esas representaciones, se adapta exitosamente al mundo (conceptos teóricos), o adapta exitosamente el mundo a sí (conceptos prácticos, valores, o como se prefiera llamarlos). La verdad de lo práctico (el bien, la justicia) no es sino la posibilidad de articular esos conceptos en una red creciente y no contradictoria. La sintaxis del concepto precede "ontológicamente" (usemos la palabra con la precaución antes expuesta) a su semántica y hasta a su pragmática. En este punto toda la filosofía contemporánea ha ido, según yo lo veo, muy desencaminada. Ha elegido el camino fácil. 

4. ¿Y si no hay receptor del discurso filosófico, ese que debe procurar una transformación no sólo del éthos, sino también del páthos? La ausencia de receptor es la muerte de la filosofía, como la de cualquier otro discurso. Y que su receptor sólo pertenezca al mundo académico únicamente prolonga esa muerte, haciendo la agonía más larga; la vida huye del discurso irremediablemente. Se podría entender la proposición de Nietzsche "Dios ha muerto" en esta clave: significaría, en última instancia, que nadie escucha. La dialéctica del pensamiento consigo mismo, y no con lo otro de sí, es endogámica y conduce a lo mismo que toda endogamia que parte de algo ya de por sí corrupto: enfermedad, decadencia y muerte. La filosofía tiene que tener capas internas, duras, que articulen discursos técnicos que en ningún otro lugar van a producirse y que son necesarios, pero requiere también capas externas más sensibles, llenas de capilares, que busquen al destinatario del mensaje sin que por ello éste quede totalmente desdibujado o banalizado. Cómo hacer esto, naturalmente, es lo difícil; pero de hacerlo correctamente depende la supervivencia a largo plazo de la filosofía, que nunca ha estado peor que hoy, digan lo que digan los que lo ven todo desde la atalaya de la universidad.  

5. La filosofía, una vez más, no es ciencia, ni ha de pretender serlo (porque no puede, en ningún nivel discursivo, ni mucho menos en uno superior), sino un estrato de pensamiento propio de la experiencia fáctica, y se ocupa de cuestiones para las que (en el momento histórico actual) es imposible desarrollar análisis científicos (y por ello mismo, presupone que es todavía posible hablar de la libertad, al no poderse tener en cuenta todas variables). Es por eso que no tiene un paradigma actual, ni es progresiva, ni desecha teorías por estar refutadas. En ella todo es eterno presente, el eterno presente de la condición humana y los problemas concernientes a ella, que ningún progreso tecnocientífico (por lo menos de momento) consigue solucionar. Su esfera propia es la de lo que tiene sentido subjetivo para el agente (lo cual también cambia históricamente), dado que propone finalidades a la acción, cosa que las ciencias no puede hacer, pues solamente proporcionan medios para fines previamente establecidos. La filosofía no es otra cosa que la autorreflexión de una cultura científicamente desarrollada acerca de sí misma. Y aunque su naturaleza sea hermenéutica, las interpretaciones que produzca deben ser entendidas como juicios, deben tener compromiso ontológico, no pueden permanecer flotando en la ambivalencia teórica, en un lenguaje carente de referentes y consecuencias (como le ocurre, por lo general, a toda filosofía de la así llamada posmodernidad). Por eso es importante la concreción, que contribuye a disolver la mera abstracción en la que vive el medio académico. La filosofía, en sí misma y también si quiere encontrar destinatario, debe decir cosas, sin el pánico que suele mostrar a equivocarse o a que "la corrijan". Rectificar siempre es mejor que no decir nada.