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sábado, 10 de enero de 2015

PSICÓPATAS (I)

Además de los grandes medios de creación y difusión de opinión, quien se mueva frecuentemente por las redes sociales y la blogosfera, concretamente en círculos filosóficos y políticos que sólo muy pretenciosamente podríamos llamar “intelectuales” –habida cuenta de la fauna que los puebla–, se encontrará con la presencia cada vez mayor de cierto tipo de discurso que tiende a establecerse como estándar; un conjunto de presupuestos teóricos aparentemente indiscutibles que configuran una nueva Weltanschauung muy difícil de combatir, pues crece como una bola de nieve y posee una gran facilidad para absorber mentes estrechas procedentes de distintas ramas ideológicas (de la derecha, claro). Esa visión del mundo, incluso aunque no encuentre un amplio respaldo explícito por parte de intelectuales célebres (aunque alguno hay por ahí, por supuesto), constituye el sustrato ideológico de la nueva hegemonía mundial que se construye a partir de la “crisis” de 2008 y, en última instancia, como colofón de la ofensiva neoliberal que comenzó en los setenta, la cual está precipitando al mundo en el abismo de una nueva era tecnofeudal.

Está por todas partes, creciendo sin demasiado ruido, pero deprisa, y ganándose el favor de pobres ignorantes –¡el problema es que son muchos, y tienen derecho a votar!– que se las dan de cultísimos por haber leído su buena decenita o dos de libros. En realidad no es una ideología nueva; estaba en boga, con pequeñas diferencias, en el siglo XIX, y quedó (desde un punto de vista estrictamente científico) desmontada durante el XX, pero ahora resurge con la misma fuerza y velocidad con que las sociedades occidentales regresan al siglo de la reina Victoria. Es normal que resurjan las ideologías cuando se reproducen las condiciones materiales que las produjeron inicialmente. El nuevo sincretismo consiste en una forma de darwinismo social actualizado, pero tampoco mucho. Puro spencerismo, a decir verdad; es decir, algo vomitivo. Y que da miedo, sobre todo teniendo en cuenta que es el tipo de mentalidad que condujo al nazismo (mucho más que el nacionalismo germánico), impensable unas pocas décadas antes, en la muy civilizada Europa de la época. Hay que tener mucho cuidado con ciertas ideas, y combatirlas ya en su estado embrionario, pues pueden llegar a ser extremadamente peligrosas.

Esa “teoría”, cuyos defensores creen originalísima y profundísima (es lo que tiene ser un letrado inculto; además de que cada uno de ellos parece creerse su gran descubridor), no es más que un repugnante pastiche de: a) biologicismo craso, b) liberalismo económico en su forma más agresiva, y c) un tercer componente que puede ser, según los casos –y es curiosa esta variable, indicativa de estudios o profesiones “de ciencias” o “de letras”, sin que ello afecte mucho al contenido político–, c1) positivismo de la vieja escuela (de ese que ya no se lleva en epistemología seria desde hace casi setenta años) o c2) un discurso “posmoderno” de corte nietzscheano-foucaultiano que coge de estos autores únicamente lo que le interesa –el resto no– para justificar una determinada visión del poder, así como una negación de toda pretensión de verdad objetiva, lo cual hace a su teoría inmune a toda crítica. Sea cual sea la opción, c1 o c2, el caso es que los tres componentes de esta ideología ensamblan a la perfección, y desde luego producen un resultado muy coherente (al menos cuando se mezclan bien, porque se lee y escucha por ahí cada cosa que da vergüenza ajena simplemente por su absoluta inconsistencia). De todas formas, la coherencia interna nunca ha sido prueba de la verdad de ninguna teoría, sino su contrastación con los hechos, y estos “pensadores” suelen mostrarse tenazmente inmunes a la empeiría. Por definir ambas opciones de algún modo, a + b + c1 vendría a ser el darwinismo social de toda la vida, mientras que a + b + c2 sería la variante posmoderna que remoza un poco el engendro y que conforma lo que podríamos llamar una “ontología neoliberal” que, por lo general, sirve para enmascarar la más absoluta ignorancia en cuestiones científicas de su valedor.

Por poco que se analice lo que dicen estos personajes –y no digamos si se comete el error de “discutir” con ellos, que es como acercarse a dar de comer a las hienas–, hay algo que salta enseguida a la vista: semejante forma de pensar, en sus diferentes modulaciones, es indicativa de una psicopatía. Si no en todos los casos, sí en muchos; sea como sea, hay unas condiciones estructurales que alientan esta doctrina, que contribuyen a su difusión y aceptación como “lo normal” –y en esa normalización es precisamente en lo que consiste toda ideología–. Cuando hablo de psicopatía, lo hago totalmente en serio, y sin intención despectiva alguna, aunque desde luego esos sujetos no me despiertan ninguna simpatía. Pero trato de comprender lo que hay, y por qué lo hay. Y la causa puede radicar en que padecen un trastorno de la personalidad que los imposibilita para relacionarse adecuadamente con otros seres humanos en cuanto que seres humanos. De ahí, por cierto, la clara tendencia a escudarse tras discursos como el de Foucault sobre la clínica y la atribución de la “locura” al otro como mecanismo de exclusión; resulta la coartada perfecta tras la que esconder su carácter ciertamente “post-humanista”, que yo tacharía más bien de anti-humano. No soy psiquiatra, así que no puedo diagnosticar a nadie, y mucho menos a través de sus escritos, pero tengo esa impresión. Esa convicción, de hecho, porque organiza con sentido una multitud de fenómenos que de repente adquieren una claridad pasmosa.

No sería tan extraño. Se calcula que los psicópatas pueden oscilar entre el 1 y el 5 % de la población. Muchos más de los que se podría pensar; naturalmente, lo que no son es psicópatas-asesinos, típica identificación debida al cine y la televisión. De hecho, los índices de criminalidad entre ellos son menores que entre el resto de la población, precisamente por su carácter frío y calculador. En términos psicoanalíticos, un psicópata es alguien que carece de superyó, esto es, de conciencia moral. De ahí que no sientan ninguna culpa al infringir las normas de comportamiento socialmente instituidas, ni compasión ante el sufrimiento ajeno. Podrían robar o matar sin ningún remordimiento, y si no lo hacen es sólo por miedo a ser cogidos. Su comportamiento es socialmente adaptativo, por lo que aprender a fingir esas emociones y a pasar desapercibidos entre los demás, sobre los cuales sienten una gran superioridad, considerándolos un “rebaño” débil y sentimental. Intentar hacerles comprender las emociones típicamente humanas que son el soporte de la sociabilidad sería como intentar explicarle a un ciego de nacimiento los colores: puede que lleguen a entender el concepto como tal, pero nunca podrán ni siquiera imaginárselo en la práctica. Aun así, y pese a lo que pueda parecer, la psicopatía no es una enfermedad –no debe ser confundida con una psicopatología ni con la psicosis–, pues no nubla el juicio, y por tanto no exime de ninguna responsabilidad (de modo que no constituye un eximente legal ante un tribunal). Es tan sólo una anomalía desde el punto de vista de la “normalidad social” (normalidad considerada a partir de parámetros estrictamente psicológicos). Se trata de un trastorno, en ocasiones muy difícilmente diagnosticable, y que nunca es igual en dos sujetos.

Caracteriza a los psicópatas un gran egocentrismo –el cual se da también en las personas “normales”, por supuesto, pero no falta nunca en este tipo de sujetos–; sólo piensan en sí mismos, y cuando parece que desarrollan un comportamiento social cooperativo, o incluso desinteresado, se trata en realidad de un cálculo utilitarista: lo hacen únicamente esperando obtener algún beneficio a medio o largo plazo de esa “inversión” que han realizado. Su actitud es siempre, aunque de forma discreta, calculadora y hasta manipuladora. En todo momento ven al otro como un medio, nunca como un fin, y demuestran una sorprendente capacidad para analizar el comportamiento ajeno, captar las necesidades o deseos de los demás y utilizarlas en su beneficio. Tienden a sobrevalorarse muchísimo, lo que suele acarrear cierta megalomanía y una frustración en ocasiones explosiva cuando no consiguen lo que quieren –lo que conlleva culpar “al mundo”, a “la sociedad”, a “los demás”, por haber impedido sus planes, dado que creen ciegamente en su valía y sus capacidades.

Cuando semejantes individuos dicen las cosas que dicen, y muchos otros palmeros (que, con estadísticas en la mano, y teniendo en cuenta que se reconocen fácilmente entre sí, no me extrañaría que compartieran condición) jalean su discurso, unos y otros dan una pista sobre lo que son, o podrían ser. Seguro que en sus vidas privadas y en el trato personal han aprendido a fingir que entienden las emociones humanas, incluso que las respetan; pero solos y ante un teclado su naturaleza se manifiesta sin disfraz. Hasta en el lenguaje se les nota: su vocabulario y su sintaxis revelan algo retorcido, frío, inhumano. Su forma de pensar expresa un odio profundo hacia toda otra comprensión de la realidad; de hecho, apesta a misantropía. No entienden que alguien se preocupe por el sufrimiento ajeno, y cuando hablan de los que sí lo hacen emplean los términos más despectivos –es notable el reiterado uso del término “debilidad”–. Como no pueden entender las motivaciones humanas, están convencidos de que todo es engaño y mezquindad, y de que a través del respeto a los otros siempre se quiere conseguir algo; que todo comportamiento es estratégico. Pero aunque así fuera, no pueden experimentar en sí mismos fenómenos como el de la eficacia adaptativa inclusiva (expresión que tomo del biólogo Richard Dawkins), según el cual todo comportamiento es interesado, en efecto, pero incluye a otros semejantes en una red de complejidad creciente indispensable para la supervivencia colectiva. O sea, que la propia naturaleza nos hace cooperativos y solidarios, y no individualistas y egoístas, como sostiene el evolucionismo social, ese mellizo teórico del liberalismo económico.