Mostrando entradas con la etiqueta Posmodernidad estandarizada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Posmodernidad estandarizada. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de febrero de 2011

POSMODERNIDAD ESTANDARIZADA

"El día de hoy es de la plebe: 
¡quién sabe ya qué es grande y qué es pequeño! 
¡Quién buscaría con fortuna la grandeza! 
Un necio únicamente: los necios son afortunados. 
¿Buscas tú grandes hombres, tú, extraño necio? 
¿Quién te ha enseñado eso? ¿Es hoy tiempo de eso? 
Oh, tú, perverso buscador, 
¿por qué... me tientas?"
F. W. NIETZSCHE, Así habló Zaratustra.
 

1

Cuando entré en la facultad de filosofía, mi "búsqueda de maestros" (¿qué es la vida, si no, hasta que uno se vale por sí mismo?) me llevó de un modo bastante tópico, he de reconocerlo, del existencialismo a Nietzsche, de éste a Heidegger, y de éste a los "posmodernos" (hermeneutas, postestructuralistas, etc.), de los cuales, tengo que decir (anticipando el consabido juicio de "no los conoces", "no los has leído", "criticas algo que no entiendes", etc., que siempre pregonan sus "discípulos"), me empapé bastante, por aquel entonces con placer y convicción, en mis últimos años de carrera. Hablo, cómo no, de Deleuze, Derrida, Foucault, Lyotard, Nancy, Vattimo, Vitiello, Cacciari, etc. Después, lentamente, empezó el descreimiento, la vuelta a lo previo, impulsada por el irresistible tirón de los clásicos (sobre todo Platón, Aristóteles, Spinoza, Kant, Hegel). Ello me llevó de vuelta a Heidegger, y de éste de nuevo a Nietzsche, sobre el cual, finalmente, escribí mi trabajo doctoral. Ciertamente, su papel de bisagra entre lo "clásico" y lo "contemporáneo" me pareció decisivo a la hora de abordar lo que yo entonces quería abordar.

2

El discurso posmoderno (y me refiero ante todo al filosófico, aunque esta reflexión valdría también para otros ámbitos, sobre todo las bellas artes) fue absolutamente necesario en su momento, pues precipitó y condensó una serie de elementos de la autorreflexión tardomoderna que habían alcanzado ya una masa crítica. Descubrimientos científicos y lógico-matemáticos, nuevos desarrollos tecnológicos y enormes transformaciones sociopolíticas y culturales (todo ello alcanzando dicha masa crítica en el primer tercio del siglo XX) no permitían que la reflexión siguiera como hasta entonces. Como "la lechuza de Minerva sólo alza el vuelo al atardecer", la comprensión profunda de esos cambios tardó aún unas décadas en llegar, pero la transformación del espíritu se hizo patente desde un primer momento, como ocurre siempre, en las artes (incluida la arquitectura, por supuesto, de la cual proviene de hecho el término "posmodernidad"). Sólo cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, el existencialismo, la fenomenología y el marxismo ortodoxo empezaron su lento declive académico y social en occidente (y ello como constatación de un serio fracaso intelectual que abundaba en el colapso de los grandes sistemas filosóficos a mediados del siglo XIX), empezó a cobrar forma lo que hoy llamamos "posmodernidad". Ante esa sensación de desahucio, de "desierto que crece", la posmodernidad apareció como un intento de exploración teórico-estética de los límites de la tardomodernidad, la cual aparentemente había fracasado en su momento culminante. La posmodernidad, por ello, no es época alguna (es preferible, en efecto, hablar de tardomodernidad), y por tanto su identificación con este período histórico sólo tendría un fin legitimador de su discurso: es una corriente (y esto ya es decir demasiado, seguramente, de un movimiento que hace lema de la heterogeneidad y la multiplicidad) que ha coincidido en el tiempo y en el espacio con muchas otras, ejerciendo (o pretendiéndolo, cuanto menos) el papel de vanguardia intelectual. Y en esta medida, ha sido la que más se ha expuesto, la que más riesgos ha corrido. Con esto no digo nada que no dijeran ya los propios posmodernos, por supuesto, pero es importante recordarlo.

3

Lo que dichos autores hicieron en su momento fue imprescindible, y sus aportaciones quedarán sin duda en el acervo filosófico y cultural. Cada cual a su manera, fueron exigentes y comprometidos, y no se puede cuestionar la buena fe que guiaba su actividad intelectual. Me pregunto, sin embargo, si esto sigue siendo así. Y me refiero, por supuesto, a los herederos de la posmodernidad, y ello en todos los ámbitos (filosofía, artes plásticas, literatura, música, etc.), se reconozcan como tales o no. Pues ahora, creo, las tornas cambian. El rigor, la solidez, o cuanto menos la seriedad, brillan en general por su ausencia. Los "principios teóricos" de la posmodernidad (si cabe decir que los haya) se han convertido en una excusa para decir (o hacer) cualquier cosa. Hoy cualquiera es un artista, cualquiera es un filósofo, cualquiera es escritor, etc. Vale todo, y la escasísima justificación teórica necesaria para "colar" la propia obra como pensamiento o arte se adquiere rápido y convence a todo el mundo. O mejor, no convence a nadie, pero da igual, porque nadie quiere razones. Cosas del neoliberalismo que lo reduce todo a mercancía intercambiable; de la globalización que lo reduce todo a producto cultural formalmente equivalente a otros. Y la "nueva" posmodernidad, ahora convertida en estándar, está ahí para sancionarlo, para decir que los viejos órdenes cualitativos han prescrito. Sustituye el viejo orden valorativo por otro meramente descriptivo en un alarde de absoluta incoherencia, pues no deja de decir que "no hay hechos, sino sólo interpretaciones", pero a la vez condena a todo aquel que se atreva a juzgar (y ¿no es toda interpretación un juicio?) las diferentes producciones culturales, erigiéndose así en defensora de la "democracia cultural": todo es igual; nadie tiene derecho a juzgar. Se trata, sin duda, de una forma de conformista inconformismo. Pues cuando "todo vale" lo que hay es en realidad una valoración encubierta que sanciona el orden establecido. Cabría decir, con Hegel, que "lo real es racional", aunque estos posmodernos, por supuesto, nieguen tal proposición. Qué asco. Metafísica.

4

Los posmodernos de nuevo cuño (me atrevería a llamarlos "ultraposmodernos") nunca reconocen su inconfesable criterio positivista del significado, compartido por la amplia mayoría: y es que lo que no puede ser demostrado científicamente, carece de ningún tipo de objetividad (otra cosa es que luego, además, discutan o crean discutir con la ciencia de forma pueril, como haciéndole una advertencia por su "arrogancia", y ello sólo porque previamente han accedido a concederle a ésta el monopolio absoluto de la verdad). Así, todo lo discursivo (que abarca lo ético o estético, por ejemplo, pero que es en suma el elemento de la reflexión) se disuelve en la nada. Y, en efecto, el "pensamiento débil" no se atreve a afirmar nada aparte de sus buenas intenciones, de las cuales no se vive. Renuncia a establecer un criterio (que lo comprometería consigo mismo) a partir del cual estudiar lo concreto; esto es, renuncia a sentar sistemas de valoración, de objetividad, por problemáticos que fueran. Se queda en la pose cínica del escepticismo y abraza un relativismo que no conduce a nada. Es cierto que toda época ha considerados relativos e insuficientes los criterios heredados de la precedente, pero eso era el primer paso para sustituirlos por otros nuevos que, desde parámetros racionales reelaborados, tuvieran sentido para esa época. ¿Quién hace ese trabajo hoy? Nos movemos entre el dogmatismo coherente de la reacción y el antidogmatismo incoherente de la posmodernidad. Es decir, los falsos extremos a los que siempre se han resistido todos los grandes pensadores, esos que hoy están tan huidos como los dioses. Ciertamente, la renuncia al lógos, ya demasiado retóricamente asociado a la "violencia metafísica", al poder que siempre se oculta tras él, conduce a la barbarie. Lo que habría que hacer, precisamente, es buscar criterios racionales nuevos en esa tesitura del pensamiento. Eso es lo que intentó hacer Nietzsche, hoy considerado el "patrón" de la posmodernidad, y al que tan malos honores se rinden. La mayoría de estos "neonietzscheanos", en efecto, por no querer ir más allá del maestro se quedan mucho más acá, como ya le pasó a Heidegger. Nietzsche sostuvo que hay que atreverse a afirmar, a valorar, a juzgar lo que se nos presenta; nunca compartiría esas medias tintas de la posmodernidad, ese discurso que va y viene entre posturas a las que le da miedo verse asociado. Se llega así a una situación de absoluta indigencia intelectual, la cual, no es casualidad, viene muy bien a la industria cultural, siempre interesada en nivelar a la baja. Ciertamente, el establecimiento de la posmodernidad como estado normal propicia que todo el mundo pueda opinar de todo porque ha leído unos cuantos libros, pero de hecho es bastante raro encontrar a alguien que los haya digerido, cotejado y meditado; es decir, alguien que piense. Ars longa, vita brevis, decía el adagio. Hoy parece que no, que cualquiera se hace con el arte o con el saber mediante cursillos rápidos. Así nos va. En todo. Por eso se repiten tantas opiniones y hay tan poco pensamiento propio. Cualquiera se cree originalísimo y transgresor por repetir lo que han dicho otros. Cada cual tiene su filósofo de cabecera.

5

Pero lo grave no es que esto ocurra en los "círculos intelectuales" en general, sino que llegue a la academia misma, hogar de la ciencia, y se instale en ella. Me ciño ahora a la filosofía, pues al fin y al cabo es la academia que conozco. En ésta se observa cómo el genuino trabajo teórico, durante las últimas décadas, ha ido siendo dejado de lado en favor de discursos esteticistas (cuando no en otros intelectualmente obsoletos, pero esto es asunto para otra ocasión) sin calado alguno. Sin embargo, la filosofía es una forma de teoría, por lo que la discusión académica debería girar en torno a su contenido científico (por más que esto pueda espantar a la conciencia positivista que constituye el otro extremo de las penurias del pensamiento actual). Ahora bien, muy pocos profesionales afrontan, aun en la universidad, ese trabajo científico. Y ello es reflejo, me temo, de que casi nadie allí cree en lo que hace. Así, el propio establishment académico cultiva, las más de las veces, la ya descrita inflación de la palabra. En la producción bibliográfica actual una serie de conceptos (como por ejemplo "vida", "fuerza", "diferencia", etc.) son usados constantemente de forma indiscriminada y vacía de todo contenido científico (de hecho, simplemente acrítica, vulgar) por los propios académicos. La filosofía se ve así reducida a mero discurso formal, sin contenido real; un género literario entre otros. La elaboración teórica se limita a cuatro tonterías que no hace falta ser (pongamos por caso) Nietzsche para decir (de hecho, él nunca hubiera dicho semejantes simplezas sin más), pero en las que se insiste mucho y a las que se da un alcance decisivo (enormidades como decir que Nietzsche, tras dos mil años de metafísica, nos llama a "vivir la vida de forma pletórica", o que nos recuerda que la existencia es "risa y danza", etc.). Pero para este viaje no hacen falta semejantes alforjas; cualquiera que vaya el fin de semana a ver un partido de fútbol a un bar, bebiendo, gritando y riéndose con los amigos, y luego busque con quién echar un polvo, ya sabe todo eso. ¿Para ello escribió Nietzsche más de siete mil páginas? ¿Para ello hace falta filosofía alguna? Lo que encontramos en un autor como Nietzsche es un discurso muy serio y de enorme altura teórica, con una carga no sólo ético-estética, sino también gnoseológica y ontológica. Pero cogemos de los autores lo que nos interesa, como si se pudiera hacer tal cosa. De esta forma, el discurso de los posmodernos de ahora se aproxima más a la autoayuda que a la genuina filosofía. Como siempre que se viene abajo el pulso teórico, el pensamiento se encierra en fórmulas individuales de búsqueda de la felicidad, del bienestar o de la buena conciencia. Pero llamar a eso filosofía me parece una burla. La posmodernidad ha devenido el pensamiento propio (y gustoso) de la sociedad atomizada. Y ello por más que ésta sea, a la vez, la sociedad de las comunicaciones y la información, lo cual sólo sirve para pregonar más alto y más lejos la soledad, la incomunicación universal.

6

"Posmodernos", en un sentido serio, fueron ya Adorno y Horkheimer, quienes revaluaron las nociones fundamentales del pensamiento moderno (subjetividad, autotransparencia de la razón, pensamiento representacional, etc.), cosa que algunos siguen descubriendo aún hoy como inédita. Tan "posmodernos" fueron aquéllos, que no cabe entender sin sus aportaciones el trabajo de Foucault, por ejemplo. Pero ellos hicieron un enorme trabajo de análisis y crítica, que reconocían apoyado en toda una tradición intelectual no menos crítica. Los modernos posmodernos, en cambio, no dejan de ridiculizar a Platón o al idealismo (por poner dos casos habituales) con gestos breves y altaneros que no reflejan realidad alguna, salvo el modo en que ellos los han entendido. Habría que decir de los clásicos en general, hoy en día, aquello de que son "leones muertos coceados por burros". No deja de ser irónico que se diga que, frente a aquéllos, la posmodernidad pretende alejarse de abstracciones para pensar "lo concreto", pues es todo lo contrario: nadie ha pensado más lo concreto que Platón o Hegel, igual que nadie hasta hoy ha tenido un pensamiento más práctico, más "político". En realidad, la "concreción" de la posmodernidad es el revoltijo pop que no se centra en nada, que salta de una cosa a otra con tanta prisa como la publicidad. Se escudan tras términos técnicos que son de una vacuidad absoluta, omniabarcantes (y en esa medida inanes), y que en ocasiones incluso suenan sospechosamente a préstamos de religiones orientales (lo cual está muy bien siempre que se reconozcan como tales, y no se pretendan hacer pasar por novísimos tecnicismos que nos van a permitir pensar algo que antes estaba vedado a nuestra experiencia por las tinieblas conceptuales metafísicas), como le pasó al Heidegger tardío. La mística es la zozobra del pensamiento. Frente a esa "noche en que todos los gatos son pardos", como diría Hegel, la hoy tan denostada metafísica poseía un extraordinario rigor conceptual (lo que Nietzsche, a propósito del propio Hegel, llamaba "fanatismo gótico"). Eso se acabó; hay demasiada prisa por decir cosas atrevidas y exóticas, en vez de sacrificar años a la verdadera investigación. De ahí que tantos docentes universitarios se dediquen a escribir muchos libros cortitos y repetitivos (de los que se despachan en un mes) para justificar institucionalmente su productividad, en vez de acometer investigaciones serias (que llevan años y son harto sacrificadas).

7

Se establece así como normal un discurso huero y autocomplaciente, por lo general todo lo políticamente incorrecto que permite lo políticamente correcto. Ello se eleva a sistema, a posmodernidad instituida y sancionada académicamente (en lo cual hay algo profundamente contradictorio, creo). De la misma forma que el paciente que se resiste a aceptar los resultados del psicoanálisis revela, en su resistencia misma, su neurosis, ahora todo el que se opone de algún modo al discurso posmoderno es tachado de "metafísico" (término que, como para el positivismo, ha llegado a ser un insulto), esto es, intelectualmente reaccionario, y en esa medida, además, políticamente reaccionario, aunque no se dé cuenta, el pobre. Menos mal que hace ya algún tiempo que se dice en voz alta que lo reaccionario (en la medida en que es la filosofía propia del neoliberalismo, su "ontología", por más que quiera ser "de izquierdas") es esa posmodernidad; y menos mal que esto, para despejar dudas, se dice desde la izquierda (así, por ejemplo, Negri). Como ya he dicho en otras ocasiones, la posmodernidad, que se pinta a sí misma de novatora, es profundamente escolástica. No produce, no descubre, sino que se ensimisma en una autorreferencialidad bastante narcisista. No habla del mundo, sino de sí misma. Y así, un amplísimo sector de intelectuales, artistas, etc., se encastilla en discursos que cada vez interesan menos a nadie, si es que interesan a alguien fuera del autoproclamado "mundo de la cultura". La única diferencia con el escolasticismo tradicional es que éste venera el pasado al que se ata; el escolasticismo de ahora lo parodia, lo retuerce, se burla de él. En ello queda su fingida transgresión.

8

No es cuestión de meter a todo el mundo en el mismo saco, y menos aún de buscar en el espejo del pasado una imagen melancólica que el presente ya no puede ofrecer. Por supuesto que hay una posmodernidad seria, rigurosa y de talento, tanto en el pensamiento como en las artes. Y, por descontado, marca unas líneas de no retorno insalvables. Es lo que encuentro, por ejemplo, al leer una novela de Pynchon, al ver una película de Wong Kar-wai o al estudiar a Lyotard (el autor que más habló de la posmodernidad y también el que más precauciones mantuvo al respecto). Pero que el pasado no pueda ni deba regresar no quiere decir que algo sea bueno simplemente porque es actual; y la posmodernidad, la vanguardia, o cualquiera de los nombres que se le dé, es el agujero por el que se cuelan todos los idiotas incapaces no sólo en el debate público, sino incluso en el académico. La actitud posmoderna es lícita y hasta imprescindible como autocrítica inmanente de la modernidad, pero no es capaz de sostener por sí sola discurso alguno. Necesita como referente lo otro de sí, esto es, la modernidad (o mejor, la "contemporaneidad", sin la cual carece de contenido propio) con la que medirse y sobre la que trabajar. Por eso cabe decir que los posmodernos son obreros, pero nunca arquitectos. Pueden hacer reformas, pero nunca construir. Naturalmente, se vanaglorian de ello, y casi todo su discurso, en realidad, está destinado a legitimar esa pose (y ello, además, como la única legitimidad intelectual que puede haber hoy, puesto que niegan que pueda volver a haber tales "arquitectos", lo cual sólo supondría "metafísica", "impostura", "violencia", etc.). Que esta situación se eleve a estándar académico es un suicidio intelectual. Cuando la autorreflexión inmanente a la historia del pensamiento se olvida de dicho pensamiento y cree que se basta a sí misma, pierde todo contenido y se queda únicamente con su forma, esto es, con esa pose suya. Por ejemplo: no se puede "seguir a Derrida" sin conocer muy bien, entre otros, el pensamiento hegeliano. Pero eso es precisamente lo que pasa hoy. El discípulo posmoderno, tal vez ya en la cátedra, cree que no necesita dominar a Hegel; a lo sumo, basta con un conocimiento superficial. Se puede ser, simplemente, "derridiano". Pero para deconstruir hay que tener algo que deconstruir; es el pensamiento tradicional, el texto cultural, el que se deconstruye. La deconstrucción, de por sí, no es nada. Sin embargo, la actitud displicente de los herederos de la posmodernidad hacia los clásicos (por no hablar de los problemas teóricos reales) a menudo es equivalente a que un compositor actual dijera que Mozart "estaba equivocado", o a que un físico dijera que Einstein "está pasado de moda", o a que un estudiante de medicina dijera que a él la anatomía "no le interesa", y que por eso no la estudia. Y así es mayoritariamente la "intelectualidad" de hoy (lo que digo para la filosofía vale para otros ámbitos, sin duda), y a menudo incluso la propia academia, demasiado aquejada como está de pereza y cinismo.