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miércoles, 22 de junio de 2011

MULTITUD

Lo que ha ocurrido esta primavera en España puede llegar a constituir un cambio social cuyas consecuencias futuras aún poca gente está preparada para entender. Y entre esa gente no se cuenta, por descontado, la inmensa mayoría de los políticos y los periodistas de nuestro malhadado país, los sofistas de hoy en día, muy ocupados todos ellos, sean de izquierdas o derechas (aunque más estos últimos, todo hay que decirlo), en el mantenimiento a toda costa del statu quo. ¿Qué han supuesto los movimientos del 15M y afines? En cuanto a lo que van a conseguir en el plano legislativo, poco o nada; en cuanto a lo que han conseguido ya, a lo que son, mucho. Algo ha cambiado, y ésa es la "buena nueva", con independencia de que dichos movimientos ya se estén corrompiendo (en gran medida por lo infiltrados que están), de que su espíritu inicial empiece a diluirse, y de que la casta política que nos guía al precipicio haga como si nada. Lo relevante es lo que esto ha tenido de tentativa, de ensayo.

Lo importante es lo que ya ha ocurrido, insisto, y eso que ya ha ocurrido (y que, por tanto, aunque el actual movimiento se disgregue, es ya una victoria, pues no hay que entenderlo de otra forma que como el primer acontecimiento de una serie que ahora se inicia, inexorablemente) es que internet ha alcanzado la masa crítica, no cuantitativa (que ésa ya se alcanzó hace años), sino cualitativa, que le permite empezar a organizar a la multitud con total independencia de los partidos políticos y los sindicatos, nuestros esforzados "representantes". Pero, lo más importante de todo: con independencia de los mass media (porque internet no es "otro más"). Ahí es donde está la verdadera revolución. Lo que las redes sociales están permitiendo es que la ciudadanía se comunique, organice y reúna sin intermediarios. Es por eso que tanto los políticos como los periodistas, en general, rechazan lo que está ocurriendo, pero los periodistas con más encono todavía (cosa que a la gente debería llamarle más la atención): y es que están muy preocupados, porque ven que van a perder una parte considerable de su cuota de poder en los próximos años. De ahí su violenta reacción, casi histérica.

De hecho, tanto unos como otros no han visto lo que se venía encima hasta que el ruido no ha sido clamor en las calles. Pues, acostumbrados como están a decidir ellos cuándo se mueve la gente (sea una huelga convocada por los sindicatos o una manifestación en contra de la libertad sexual por parte de la derecha), no entendían siquiera que la masa pudiera organizarse sin esa varita mágica que hasta ahora sólo ha estado en su poder. Por eso no supieron calibrar lo que pasaba y tardaron tanto en reaccionar. Y cuando lo hicieron, lo hicieron mal, porque tanto partidos como medios de comunicación (aquí, una vez más, hay diferencias, porque no es lo mismo Prisa que Intereconomía, por supuesto, pero muy en el fondo coinciden en lo que dicen, aunque no en el tono) no han hecho otra cosa que cuestionar la libre reunión y expresión de la ciudadanía, de eso que en el extranjero se llama "sociedad civil" y que en España nunca se había entendido muy bien qué es, pues en este país de caciques nadie se mueve sin la orden de su partido. Nuestros factótum han pecado de un ridículo negacionismo, pues se decían: "esto no puede estar pasando, porque nosotros no lo hemos puesto en marcha”; y cuando se quisieron dar cuenta de que, en efecto, estaba ocurriendo, concluyeron: "si nosotros no lo hemos puesto en marcha, es que es ilícito". Así que han decretado que la ciudadanía no tiene legitimidad para intervenir en la política al margen de las elecciones, la fiesta de la democracia. El voto cuatrienal es un cheque en blanco y entretanto no hay derecho a quejarse. Y si alguien se queja, tiene que ser donde y cuando no moleste a nadie ni tenga repercusión alguna. La democracia dispone los cauces adecuados de expresión de la voluntad ciudadana, o sea, básicamente ninguno. Los partidos son la expresión pura de nuestra voluntad.

En su autodefensa histérica, nuestros políticos y sus esclavos periodistas (¿o son sus amos?) preguntan: "¿y a éstos quién los representa?", con lo que se evidencia que no están entendiendo (no quieren entender) en absoluto lo que sucede, y es que mucha gente, cada vez más, está harta de una democracia representativa totalmente falseada en la que lo único claro es que los partidos no representan los intereses de la ciudadanía, sino del capital (lo de siempre, ganancia privadas, pérdidas públicas, bajo la amenaza constante del crack que nos arruinaría a todos), por lo que podríamos, para ser del todo coherentes con el ultraliberalismo al que nos han entregado, ahorrarnos los intermediarios y que las decisiones políticas las tomara directamente la bolsa, pues está claro que la sede de la soberanía (esto es, la fuente de la que mana toda legitimidad) no es otra que el mercado.

Sea como sea, nuestra clase política y periodística no parece concebir un colectivo sin representantes. Escapa a sus conceptualizaciones políticas dieciochescas, anteriores al desarrollo de todos los medios de comunicación y transporte actuales, que posibilitan ya, de hecho, una nueva forma de entender la democracia. De ahí que, cuando aquéllos empiezan a entender que no tienen delante un interlocutor con nombre y apellidos (es decir, alguien cuya alma comprar, o al que, simplemente, puedan quitarse de en medio), salen con eso de "son unos pocos miles, no millones, como nuestros electores", lo cual demuestra una falta de discurso asombrosa. Para empezar, dan por hecho que esa gente no ha votado en las elecciones (cuando es algo que estaría por ver; la mayoría de ellos ha votado, seguramente, al partido que menos miedo le da), y en cualquier caso deducen de ello que no tienen legitimidad para criticar; están "fuera del sistema", son "anticonstitucionales" (lo cual es hoy en día un descalificativo similar al de "ateo" antes del siglo XIX). Por último, consideran que los "indignados" son sólo los que están a la vez en las plazas, cuando en éstas se ha producido un movimiento tremendo y, de todas formas, el movimiento es apoyado por mucha, muchísima más gente (al menos medio millón en internet). Pero el caso es que nuestros líderes se preguntan, asimismo: "y éstos, ¿a quién representan?" Cabría responder: ¿y a quién representaban los burgueses que dirigieron la Revolución francesa en nombre de "la nación"? Como sabe cualquiera que no sea un iluso, la legitimidad política nunca está en manos de quien quiere cambiar las cosas, a no ser que lo consiga: se otorga retroactivamente cuando las causas triunfan, y sólo si triunfan; si no, habrán sido simples aberraciones convenientemente purgadas. Pero incluso si el actual movimiento fracasa en este sentido (que lo hará), no deja de poseer la legitimidad ética y racional, pues no hace otra cosa que exigir coherencia a un orden político que promete seguridad y bienestar a cambio de la renuncia a la libertad, y está claro que cada vez es menos capaz de cumplir sus promesas. Siempre tiene razón aquel que denucia una contradicción.

Los días, semanas y meses próximos verán repertirse ecos del 15M, organizados tal vez por otros colectivos y con ideas muy distintas y heterogéneas. Dichos movimientos, no me cabe duda, van a ser criminalizados (algunos ya han empezado a serlo, como en Barcelona, y se les busca toda clase de filiaciones proterroristas o de cualquier otro tipo para desautorizarlos), y a partir de ahora, con consciencia de su peligro, las redes sociales van a ser masivamente intervenidas (más todavía de lo que ya estaban). Pero va a ser difícil que detengan un movimiento que, sencillamente, es el futuro, sea para bien o para mal; algo tan imparable como en su momento pudo ser la revolución industrial. Y ello porque no tiene a nadie detrás ni es coyuntural, sino una consecuencia estructural y anónima del sistema mismo, cuyo sujeto es la multitud autoorganizada. Los "consumidores" (que es lo que nos han inculcado que seamos) de democracia reclaman masivamente la garantía de un producto defectuoso.

Ciertamente, no hay mayor enfermedad en una sociedad que se dice democrática que la resistencia cerril al cambio, y esto es lo que implícitamente está en juego. El nivel tecnológico (que acompaña necesariamente al desarrollo económico) de una sociedad va siempre por delante del político y jurídico, desbordándolos. Ha sido así en todas las épocas. Aferrarse a formas ya obsoletas de comunicación y organización es querer perecer con ellas. No tiene ningún sentido que se obligue (con fines económicos, por supuesto) al pueblo a utilizar una tecnología, como la telefonía móvil o internet, pero luego se deslegitimen las consecuencias inevitables de su uso (su aspecto liberador, y no meramente consumista). Y lo que ocurre es que ahora, con los medios disponibles, se puede articular la acción de muchos miles (millones, potencialmente) de personas simultáneamente. Hasta ahora la multitud era controlada por los mass media, correas de transmisión (y creación) del poder, pero se les está empezando a escapar. De ahí sus absurdas reacciones, sea que se hayan puesto a insultar salvajemente a la gente de Sol y otras plazas (partidos y medios fachas), sea que se haya cuestionado muy educadamente la legitimidad para hacer reivindicaciones políticas de una multitud que no designa representantes y que "se opone al espíritu de nuestra constitución" (partidos y medios progres, y con ladina ambigüedad).

Es gracioso; se ha dicho hasta la saciedad que "la juventud no se echa a la calle" (esta juventud "que no ha luchado contra una dictadura", etc.). Pero cuando lo ha hecho, amplios sectores se han preocupado mucho. Y es que esa juventud no ha hecho lo que se esperaba de ella: ir como borregos a los mítines de cualquiera de los partidos políticos que se reparten el pastel, a agitar banderitas estúpidamente y aplaudir a los candidatos "que van a salvar la situación". La juventud tomando las plazas públicas para algo que no sea emborracharse: el terror de cualquier político. ¿Cómo es que esto ha ocurrido precisamente en España, el país con menor conciencia cívica y cultura política de Europa, seguramente? Muy sencillo: por el patente desamparo de la ciudadanía por parte de partidos y sindicatos, preocupados sólo por salvarse ellos mismos antes de que se hunda el barco. Una huelga general hace dos años hubiera abortado todo esto bajo la falsa apariencia de la democracia, de la representación de los trabajadores. Menos mal que no se hizo. Ahora algunos se lamentan (y es un argumento liberal e individualista, que parte por tanto de una concepción abstracta de la libertad) de que que la multutud "ha tomado las plazas". ¡Pero bueno! ¿A quién pertenecen las plazas, si no a la multutid? "Pero oiga, es que las plazas son de todos, y esa gente impide mi derecho a transitarlas libremente". Sí, las plazas son de todos. Es decir, el lugar propio del colectivo, ante todo, antes que del individuo. ¿O es que no son, todos ellos, individuos reunidos libremente en cuanto ciudadanos, luego con tanto o más derecho a estar allí que el mero transeúnte o el comprador? (Para el liberalismo, evidentemente, sólo interesan los derechos de este último, el que en la medida en que tiene capacidad adquisitiva, y sólo por ello, aparece como "individuo".) Las plazas, e internet por fin, son el ágora de la multitud sin representantes, dado que los parlamentos no parecen serlo; a nadie le ha molestado nunca ver plazas como la Puerta del Sol atestadas de individuos (transúntes, ociosos, compradores), aunque impidieran el paso tanto como los acampados del 15M; ¿por qué molesta ver a la ciudadanía reunida hablando de política? ¿Qué democracia es ésta?

Daniel y David Puche