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domingo, 1 de diciembre de 2013

MUERTE

Evocando el tópico griego según el cual no se puede decir de nadie que ha sido feliz hasta que ha muerto (pues hasta el último instante de la vida puede sobrevenir la desgracia), señala Heidegger que la completud de la existencia humana requiere también la muerte como finalidad, como "broche" que le da sentido retrospectivamente; un ser-para-la-muerte, como lo llama, un tanto paradójico, habida cuenta de que el pensador alemán caracteriza la existencia humana como proyecto, como vocación y apertura al mundo. El ser humano se "realiza" en aquello que niega su esencia misma, el existir. Deja de estar pre-ocupado por el futuro cuando para él ya todo es pasado.

Ciertamente, cada paso que damos lo damos hacia la muerte, aunque lo demos precisamente con el propósito de olvidarnos de ella; nacer no es más que empezar a morirse (no nacer es lo mejor que podríamos haber hecho, nosotros tristes mortales, dijo Sileno), y es esa anticipación de la propia muerte, el tenerla presente cada día, lo que define una vida de prioridades claras; lo que nos permite cribar lo esencial de lo contingente, de esa suma de pequeños entretenimientos que sólo están ahí para evitarnos pensar en lo inevitable.

Da igual todo lo que hayamos vivido, pues esas experiencias no sobrevivirán a nuestra propia muerte (salvo, tal vez, en el raro caso de que hayan servido de ejemplo para otros); da igual lo satisfecho o frustrado que se halle uno en su lecho de muerte, pues en el instante mismo en que cruce el umbral de la nada todo habrá sido en vano. "El recuerdo de los demás", puede alegarse contra esto. "Los seres queridos" te recordarán, y lo que hiciste. Pero esos seres queridos te acompañarán no mucho tiempo después en la tumba, y finalmente, como mucho dos o tres generaciones después, no quedará nadie que te recuerde, y será como si nunca hubieras existido. Un grano de arena más en el desierto de la historia, que sólo amontona duna tras duna sin sentido alguno. Por eso el argumento más humano y cabal para defender (o simplemente querer) la existencia de Dios es el de Unamuno: tiene que haber un Dios eterno que recuerde que yo existí, quién fui yo. Porque lo más horroroso no es el infierno, sino la nada, la desaparación final, el olvido. El infierno no es otra cosa que la fosa común.

Sólo una cosa importa, sólo una cosa es objetiva y real: aquello que nos sobrevive, aquello que dejemos tras la muerte no en la conciencia de nuestros seres queridos, sino como testimonio de nuestra existencia para la humanidad. No nuestras experiencias subjetivas, sino nuestra obra, nuestra producción, dará testimonio de que estuvimos ahí, y de lo que hicimos. Nos insertará en el Libro de los Muertos al que nos referimos como "la historia". Pensamientos, obras de arte, acciones políticas, lo que quiera que sea... sólo eso es real porque sólo eso excede los estrechos límites de una biografía o la efímera memoria de los que nos conocieron y desaparecieron poco después. Naturalmente, eso está al alcance de muy poca gente, lo cual es infinitamente trágico. Sólo los héroes tienen destino: otro tópico de la antigüedad que encontraría aqui su sentido si sustituimos "héroes" por "los que dejan algo a la posteridad". El resto puede conformarse con ese sucedáneo al que suele llamarse felicidad, la cual, como decía Goethe, es para los plebeyos. Una vez más, traduzcamos el término: "plebeyo" sería todo aquel sin esperanzas de hacer algo duradero. O sea, casi todos nosotros.

Sólo vive realmente quien vive para dejar algo, monumento a su propia existencia en el que otros, los venideros, puedan ver reflejada su propia finitud. Identificación esta en que consiste toda grandeza, todo valor, pese a que nuestro miserable tiempo actual pretenda negarlo, precisamente porque niega lo perdurable en favor de la mercancía siempre comprable, desechable y reemplazable; el eterno presente asfixiante de lo infinitamente repetido y sustituible. Pero no importa, porque nuestro tiempo es tan perecedero como lo es todo lo que ha nacido; y lo que nos recuerde nuestra condición, siempre la misma, siempre igual de sencilla y sin sentido, eso perdurará. El sentido radica en levantar monumentos a lo absurdo de nuestra existencia. Por lo menos mientras perviva la especie, cosa que no hará por siempre. Al final, todo dará igual, absolutamente todo. "Eterno" sólo es lo que puede ser recordado y comprendido, lo que siempre es actual en la memoria de los hombres.