Mostrando entradas con la etiqueta Metafísica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Metafísica. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de marzo de 2011

METAFÍSICA

Es ya imposible para la filosofía construir una metafísica porque la metafísica, irónicamente (o quizá no tanto), ha vuelto a ser, desde el siglo XIX, cosa de quien siempre fue en realidad: de los físicos (por más que éstos denuesten semejante término). La verdadera metafísica (la única legítima) de hoy se encuentra en los dos grandes modelos teóricos que funcionan actualmente, si bien su unificación en una única teoría siga siendo un problema: la teoría de la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica. Ambos constituyen nuestro conocimiento actual acerca de la realidad, de la consistencia de la naturaleza, de la entidad de lo que existe, del origen (y hasta cierto punto del final) del universo. Y para ello han tenido que reelaborar de un modo absolutamente radical (sobre todo en el último siglo) nuestros conceptos del espacio-tiempo y de la materia, desechando toda ingenua visión "naturalista", esto es, basada en nuestra propia y engañosa percepción de los mismos. Ciertamente, este "más allá de la física", esta metafísica que es la actual física (toda interpretación de la naturaleza que pretende llegar hasta sus primeros elementos y principios lo es), resulta tan compleja que se ha vuelto inaccesible para cualquiera que no posea una formación matemática avanzada, a no ser que nos quedemos en sus aspectos más básicos, divulgativos. Todo lo anterior, hay que decirlo, resulta no poco platónico.

Pero, en cualquier caso, la metafísica (que no la filosofía), en el sentido tradicional del término, es algo liquidado, ya que las diferentes ciencias empíricas (encabezadas por la física) se han ido emancipando de ella al cerrar epistemológicamente sus dominios objetivos y las metodologías correspondientes (y ello, una vez más, con todos los problemas que ese "cierre categorial", ese criterio de demarcación, pueda suponer), de forma que al final la metafísica ha quedado como la madre cuyos hijos se han ido de casa y a la que ya sólo le queda el recuerdo del pasado en común. En efecto, dicho final de la metafísica no consiste primariamente en el reconocimiento histórico de la diferencia ontológica en la época del sometimiento tecnológico incondicionado del ente en su totalidad (Heidegger); ni en el cumplimiento del sentido en el que se revela la ausencia de éste (Nancy); ni en la toma de conciencia de que tras la "voluntad de verdad" ha estado siempre oculta, encaminando toda conceptualización según sus intereses, la voluntad de poder, de modo que toda verdad resulta ser una metáfora (Nietzsche); ni en el descubrimiento de la "diferancia" entre todo significado phoné y la red de significantes que lo sostienen y que podrían leerse de otras mil maneras en la matriz de la archiescritura grámma, siempre inagotable (Derrida); ni en la constatación conscientemente nihilista de que bajo todo fundamento de la realidad sólo se encuentra la nada (Vattimo). No. Todo ello es verdad, o puede serlo, pero no es la causa de esa situación, sino su consecuencia. O, podríamos decir, es su ratio cognoscendi, pero no su ratio essendi. Estas posturas no dejan de tener ecos idealistas, y recuerdan de hecho la sucesión de las figuras del Espíritu hegelianas, cuya certeza ahora, tras un agitado y necesario recorrido, habría alcanzado finalmente su verdad en el reconocimiento absoluto de que ningún absoluto nos esperaba al término de la historia (de que, de hecho, nunca ha existido la Historia). Ciertamente, se quiere encontrar el sentido en el sinsentido, en cuanto destinación histórica que nos habría sido deparada. Pero en realidad lo que hay es un proceso histórico material que no responde a sentido (ni siquiera a sinsentido) a priori alguno.

Ahora bien, la desaparición de la metafísica en su sentido tradicional (esto es, el discurso sistemático y totalizador, de carácter puramente conceptual, acerca de la verdadera naturaleza y origen de la realidad), pese a todo, sigue dejando abierta la posibilidad de una ontología, de un discurso acerca de la objetividad de lo que se presenta y de la subjetividad ante la que se presenta. En otros términos, el discurso acerca del mundo (el concepto-guía para un pensamiento postmetafísico que no quiera permanecer en la  simple indeterminación o en la mera dependencia acomplejada respecto de otros saberes) y nuestra comprensión del mismo. Desde luego, hay que revaluar nociones como las mencionadas (objetividad, subjetividad), pues no se ha de recaer en formas teóricamente obsoletas como la fenomenología (ya sea trascendental o realista). En cualquier caso la cuestión filosófica sigue ahí; nada la hace desaparecer. Como hiciera Kant en la Crítica de la razón pura, hay que partir de un factum del cual se deben encontrar, recursivamente, sus condiciones de posibilidad: pero ese factum ya no es, desde luego, la física (que no requiere a estas alturas fundamentación filosófica alguna), sino nuestra experiencia finita en cuanto seres que buscan un sentido para su pensamiento y su acción, seres pre-ocupados (como siempre) por la verdad, la bondad y la belleza, cuya unidad, ciertamente, parece haberse perdido, y con ella el mundo sólo dentro del cual todo lo anterior posee un sentido, sin el que la existencia se torna desierto, vacío, destierro (ante lo cual no podemos fingir indiferencia; puede que sea nuestra "condición posmoderna", pero nunca será algo que deseemos). Así pues, dado dicho factum, la tarea de la filosofía (entendida como ontología) sería estudiar su estructura o campo trascendental (aunque histórico), en cuya inmanencia com-parecen tanto el sujeto como el objeto; inmanencia que delimita nuestro(s) mundo(s).

El pensamiento es un modo de acción, por más abstracto que sea; tiene, no cabe duda, una dimensión performativa. Frente al conocimiento científico o la producción técnica de lo objetivo, el asunto de la reflexión (que no se ocupa del objeto, como la física, sino de las condiciones de posibilidad de su aparición, así como de la nuestra) es por tanto el mundo, la apertura en que se sostiene nuestra existencia común, que es una existencia histórica y política (decir ambas cosas, en realidad, es redundante) cuyo modo de comprensión puede contribuir a transformarla. Éste es el territorio de una "ontología del presente". Que, habiendo entendido esto, la llamemos ontología, o metafísica, o como se quiera, es lo de menos. Que las palabras no nos ofusquen; atengámonos a los conceptos. Superemos de una vez el fetichismo léxico que ha marcado el pensamiento filosófico del siglo XX.