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domingo, 5 de enero de 2014

MADRID

El daño que el PP le está haciendo a Madrid es indescriptible y las consecuencias de su gestión, aun cuando salieran del gobierno autonómico y de la alcaldía de la capital a la primera oportunidad, tardarían muchos años en arreglarse. Esta pandilla de funcionarios enchufados de clase alta que nunca han ejercido como tales en su vida ni han trabajado en nada pero se han metido en política para forrarse más aún y lo privatizan todo para luego retirarse y meterse en el consejo de administración de las empresas vendidas por ellos a sus amigos (hasta aquí la definición de los populares madrileños), representantes de la España más caciquil y retrógrada, pijos con polo Lacoste y pelo engominado o vestido de Versace y permanente de 300 euros, han dejado la ciudad y la comunidad que heredaron por los suelos. No es de extrañar, teniendo en cuenta que ni la alcaldesa Botella ni el presidente González han ganado unas elecciones, sino que están ahí puestos a dedo para hacer su trabajo de desmantelamiento de lo público, como buenos neoliberales que son. Se excusan tras la crisis para hacer, por fin, lo que siempre han querido hacer. Lo llevan en la sangre.

Madrid, que estaba entre las ciudades clasificadas como "global-alfa" (el segundo grupo mundial, sólo por detrás de las inalcanzables "global-alfa+", a saber: Nueva York, Londres, París, Tokio, Shanghái y Hong Kong), se está convirtiendo en la triste sombra de lo que fue. Vuelve a ser esa ciudad gris que fue durante el franquismo, pese a su tremendo despegue llegada la Transición, y fundamentalmente a partir de la gestión de Tierno Galván, época en la cual la ciudad alcanzó unas cotas de cosmopolitismo y difusión en el exterior que nunca había tenido. Siempre segunda ciudad de España, por detrás de Barcelona, llegó a superar a ésta en relevancia internacional, y no sólo por la capitalidad, sino por mérito propio. Era la ciudad abierta por excelencia, alejada de provincialismos y de complejos identitarios, dedicada a vivir, trabajar y crear, sin ensimismamientos egocéntricos. Fue pionera de los cambios sociales producidos en España en los últimos treinta años, y dio ejemplos al mundo en muchos sentidos. Incluso los mandatos de Álvarez del Manzano y de Gallardón (que aún no se había destapado como el ultrarreaccionario que es, porque la alcaldía no era la plataforma adecuada) se recuerdan ahora como una etapa mejor. La ciudad de los museos y los bares, de la cultura, de la movida, de los movimientos cívicos... la ciudad que dio una respuesta ejemplar (tanto la ciudadanía como los servicios públicos que ahora desmantelan) tras los atentados del 11-M... Un modelo, en muchos sentidos. Una ciudad de la que sentirse orgulloso. 

¿Qué ha quedado de todo eso? Ahora es una ciudad en estado de sitio, plagada de policías de aspecto paramilitar y modos propios de "los grises" de antaño; una ciudad triste, asfixiada. Se me cae el alma a los pies cada vez que voy. Toda España está en crisis, sí, pero Madrid se hunde no ya en la pobreza, sino en la endogamia en que el PP la ha metido. El turismo se desploma (y con el de la ciudad, el de toda la comunidad, incluso el de provincias limítrofes como Toledo o Segovia). El ridículo internacional al que Botella ha sometido a Madrid es intolerable, y las consecuencias, por supuesto, se pagan en prestigio y visitas –y por tanto, económicamente–. Barcelona, y Cataluña en general, por supuesto por lo que son, pero también porque saben venderse muy bien, no dejan de ver crecer sus cifras de turismo y su proyección, mientras Madrid va desapareciendo del mapa poco a poco. No es de extrañar: en el extranjero detectan ese aire de "capital de país ruinoso", pero, a más de eso, huelen perfectamente la podredumbre, la ranciedad, el ambiente de ciudad represora que ha perdido todo lo que pudiera tener de moderno y sugestivo. No apetece ir a Madrid. No resulta halagüeño. 

No se le puede perdonar al PP lo que le ha hecho a la región y a la ciudad. Sólo podría salvarlas el que la ciudadanía lo echara de las instituciones cuanto antes (cosa difícil, porque por algo está ahí: por la cantidad de franquistas y neoliberales unidos en una nueva Santa Alianza contra todo lo que no sea su visión de la “capital imperial”, desde la que se gestiona el resto del país sin preguntarle), para intentar reconstruir el espíritu agonizante de Madrid. La ciudad puntera que era espejo de los avances cívicos en Europa y en el mundo, y no el laboratorio donde se ponen a prueba los principios del nuevo capitalismo feudal. Madrid. Quién te ha visto y quién te ve.