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sábado, 15 de agosto de 2009

LO INDETERMINADO (II)

No obstante, el hecho de que cualquier categorización teórica suponga que nos alejemos de la hyle, no permite que la identifiquemos, sin más, con la nada; la hyle es el "algo" que, de hecho, se contrapone antes a la nada que a cualquiera de sus formas determinadas. Lo que existe propiamente es la hyle; las "cosas" son (y son lo que son) en la hyle. Cabría decir, si estos términos tuvieran aquí sentido (hay que jugar dentro de las posibilidades del lenguaje, aunque siempre intentando ensancharlas), que sólo "hay" dos cosas: la hyle y la nada (aunque, de ellas, sólo la primera "existe"); "fuera de ellas" no hay "otra cosa", pues hasta el espacio y el tiempo son formas de la hyle, de la materialidad.

Pero, ¿cuál es el estatuto ontológico de la nada? ¿En qué sentido puede decirse que hay la nada? ¿Puede haber la nada en el mundo, puede "entrar" en él? No; la nada y la materia son totalmente excluyentes; pero eso no quiere decir que no haya la nada: la nada está tras la materia, es su "soporte", el abismo sobre el que se sostiene lo real. A lo que conducen los resultados de la citada ontología oscura es a la síntesis de los dos horizontes tradicionales de pensamiento, cada uno de los cuales vislumbraba una parte del problema de la realidad: el griego (physis) y el cristiano (creatio ex nihilo). Lo que está "tras" el mundo no es ningún summum ens (lo cual sería, a fin de cuentas, parte del mundo, un modo de la materialidad, del haber), sino lo que no es en absoluto, pero que, no siendo, de algún modo se da. Ese algo es la fuente de toda posibilidad bajo la necesidad y la legalidad de lo que hay; es la madre del azar, puro caos (el chaos de las antiguas teogonías), el saco sin fondo de la realidad. Hay una creatio ex nihilo, pero sin Dios; o, mejor dicho, un continuo sostener la materialidad, sacándola de la nada; poiesis que define el carácter azaroso de la necesidad del mundo (pues es ese "azar" o "decisión" el que establece lo que será necesario). No otra cosa es lo que Heidegger llama el "ser", Nietzsche "Dioniso", y aun antes el Schelling del Freiheitschrift llamaba el Ur-grund ("fundamento originario"), que es a la vez un Un-grund ("no fundamento").

La hyle, frente a Platón, es la que introduce el orden; es el orden, la posición del orden. No hay cielo eidético sobre ella, sino que todo eidos, y el espíritu mismo, es una forma de materialidad. "Bajo" ella, "tras" ella, la nada introduce el desorden, el caos, el azar. Éste entra en lo determinado siempre ya mediado, como posibilidad o probabilidad. Pero tal posibilidad no es simplemente un margen lógico, una categoría modal, sino que es "algo": una fuente, una puerta del ser. En rigor, la realidad (realitas) abarca la totalidad (nunca abarcable) de lo que hay; se superpone con la hyle. El mundo, mientras tanto, mienta la totalidad de lo que hay y lo que podría haber. Comprende, así pues, tanto la hyle como la nada. Esa nada que puede irrumpir en la realidad, si bien siempre bajo formas ya mediadas, funda la posibilidad de la libertad del hombre, de la cual es el referente último, la piedra de toque. En efecto, la reflexión filosófica, frente a la científica, se atiene ante todo, por encima del acto, a la potencia. No debe perder nunca de vista el horizonte de lo indeterminado. De ahí que ella misma, en cuanto reflexión, permanezca también en una cierta indeterminación. Ésta es su logro, pero también su miseria, con la que ha de cargar. La filosofía se ha de medir ante todo con la libertad de lo existente (no sólo la del hombre, el libre arbitrio), la libertad de la cosa, que intenta llevar al concepto en un juego sin fin.

El principal problema o resistencia a la hora de pensar lo indeterminado en cuanto tal (y ello por no entrar en lo relativo a la nada) es que se introducen horizontes intelectuales y propósitos que lo enturbian. Por un lado, se puede intentar concebir como lo trascendente, siempre dispuesto a ocupar este lugar; por el otro, se quiere producir desde lo lógico, construyendo su concepto. En el primer caso se cae en la mística (desentendiéndose de la razón), en el segundo se intenta concebir el absoluto, un infinito actual (sobreestimando las capacidades de la razón). Ninguna de las opciones ha de sernos válida ya; el empeño del logos de acceder a lo indeterminado ha de permanecer en la ya mencionada indeterminación o, a lo sumo, intentar presentarlo a través de rodeos (imágenes, símbolos), para los cuales hay que elaborar el lenguaje preciso; un lenguaje que no dejará de ser metafórico, forzado. En este camino la filosofía siempre tendrá al lado al arte, como modo privilegiado de mostración de lo que no se puede determinar, y hasta podrá darle alguna indicación (que no le vendría mal en esta época de pura arbitrariedad). En suma, hay que intentar pensar lo indeterminado, por más que desborde todo concepto: no nos vale el camino de la mística; pero, por lo anterior, tampoco podremos conocerlo: el camino al absoluto no está vedado. Por otro lado, el propio concepto de absoluto no sería aquí ni siquiera válido; lo indeterminado no es lo absoluto, porque no puede ser independiente de lo que hay. De hecho, la hyle es lo que hay, es el conjunto de las cosas determinadas, aunque a la vez no lo sea: no hay "porciones" de hyle en estado indeterminado en la realidad, sino que la indeterminación de la hyle está ya en las cosas, en cada cosa.