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martes, 24 de febrero de 2009

INTERPRETACIÓN

Al margen de su contenido de verdad (cuya determinación ya es, en sí, algo sumamente problemático), toda filosofía es, en un plano formal, un sistema conceptual que produce una determinada interpretación de la realidad. Siempre pensamos desde algún sitio, esto es, desde cierto punto de vista; la pretensión de la filosofía es explicitar al máximo semejantes puntos de vista, semejantes localidades desde las que presenciar (e intervenir en) el juego del mundo.

De esta forma, todo discurso acerca de la propia filosofía (que siempre ha de estar presentándose y justificándose) se ve atrapado en una extraña circularidad que parte siempre de mostrar los propios presupuestos desde los que se piensa o valora, y que es tan característica de la filosofía, protagonizando sus peores complejos. Pero esa pretensión es fundamental para un decir acerca de la realidad que se quiere radical, que no quiere dar nada por sentado, aunque ello implique no avanzar demasiado en ninguna dirección "práctica".

El propio exégeta de la filosofía no es ajeno a este juego que lo arrastra todo hacia sí, aunque en ocasiones se crea por encima de él. No se puede juzgar la filosofía, ninguna filosofía, de modo extrínseco. No hay tal exterioridad, no hay "hechos" ni "praxis" que justifiquen posición privilegiada alguna. Toda filosofía se piensa desde otra filosofía, aun implícita, y quien pretenda hacerlo desde una posición objetiva o imparcial, simplemente, es que desconoce los presupuestos teóricos de su análisis.

Hasta aquí todo lo dicho está bastante manido, en realidad. ¿Cuál es el problema que suscita esta reflexión? El problema es que la filosofía parece hoy atrapada en una autorreferencialidad que, lejos de significar lo anterior, es señal de la escasísima labor teórica novedosa que se está realizando. Podemos insistir, ciertamente, en señalar el carácter hermenéutico de la filosofía (incluso de la propia ciencia), pero con ello no hemos hecho sino reconocer el carácter de toda teoría, y no producir teoría alguna; no se trata de decir constantemente que todo es interpretación, sino de interpretar, esto es, de teorizar. Y ese nervio falta. Nos hemos deslizado hacia un escolasticismo inadvertido que se empantana en coger determinados archivos culturales (los sistemas filosóficos son parte de ellos, por supuesto) para decir del derecho y del revés todo lo que se pueda extraer de ellos. Ese ejercicio, perfectamente legítimo y hasta brillante, en muchas ocasiones, termina por sustituir al genuino pensamiento, que debería consistir en la producción de nuevos entramados conceptuales, y no sólo en la discusión erudita (que además presume de no serlo, por llamarse "hermenéutica") acerca de los ya existentes.

Partiendo de que toda comprensión es ya en realidad una interpretación, el ejercicio filosófico estricto, "científico", debería dejarse de tanto explicitar nuestras operaciones gnoseológicas habituales para volcarse sobre su genuino objeto, que es la realidad, y no el texto. Y aunque es evidente que todo acceso a la realidad es conceptual, y que nuestros horizontes conceptuales están delimitados por el trabajo teórico hecho hasta nosotros, es decir, por textos (lo cual implica volver una y otra vez sobre ellos), lo que debe hacer la interpretación con ellos es forzarlos, violentarlos (no "comprenderlos", que es lo que se supone que ya hacemos cuando los estudiamos, ni "deconstruirlos", que sería también una parte de su análisis), de modo explícito, y sin ningún reparo, hasta sus límites. Es decir, que hay que obtener un rendimiento de ellos, ir más allá de ellos, a partir de la base que ellos mismos nos proporcionan. Cuando un sistema conceptual no puede dilatarse más, hay que hacerlo estallar, enfrentándolo a lo que no es capaz de pensar, y entonces dar un paso fuera de él. Sólo así progresa el pensamiento. Pues el pie que pisa fuera no lo hace en el vacío: descubre la posición que ya estaba allí sosteniendo su atrevimiento, pero que nunca había sido formulada de un modo claro.

Sin embargo, los escolásticos contemporáneos tienen, como los antiguos, miedo a los novatores, a toda creación, a la que se tacha con gesto despectivo y cínico de "moderna" frente a la "posmoderna" complacencia en la repetición de lo dado, que proscribe lo nuevo como pecado mortal, salvo en la forma culturalmente aceptada hoy, como variación de lo dado.