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martes, 14 de abril de 2009

FILOSOFÍA (II)

El punto de partida de la filosofía debe ser la oposición a lo dado, la crítica. El ejercicio filosófico genuino se presenta, así, como fundamentalmente dialéctico, o de lo contrario se convierte inmediatamente en legitimación de lo dado. Por la problematicidad de su estatuto científico, cuando se presenta como descripción limpia y objetiva suele ser ya de entrada ideología. Ahora bien, este carácter negativo, que se enfrenta a toda determinación como una mediación a eliminar, ¿desde dónde y hacia dónde piensa? Éste es el gran problema en el que a menudo grandes mentes han quedado atrapadas sin saber salir.

El pensamiento parte de lo dado (la cosa, el hecho), que debe ser comprendido y trascendido. Esto es así por la propia finitud del pensar (y por tanto de la filosofía), que se ha de plegar a lo que hay; no puede jamás construir la realidad. La vía que ha quedado irremisiblemente cerrada es la que pretendió partir de lo absoluto, de lo infinito, para deducir (convenientemente ordenada) toda la realidad a partir de él. Por el contrario, el filosofar ha de resignarse a sus condiciones subjetivas de captación de la realidad, al sensorio común, que sin embargo combate. Sobre él sitúa el concepto, que no es la representación de la cosa, sino la representación (elaboración) del modo en que se capta la cosa, algo por encima del sujeto y el objeto; pero lo hace sin presuponer unidad sintética superior alguna; lo que busca es una distancia crítica que aparenta huir de lo dado, pero sólo para verlo con la perspectiva precisa. La filosofía se sitúa en esa distancia crítica, que es, en realidad, lo primero (y lo único, en sentido estricto) que debe construir. El pensamiento que no es crítico participa de lo dado. Cómo pueda situarse dentro de ello, pero a la vez fuera, es el problema al que toda filosofía busca su particular respuesta.

La filosofía no puede conformarse con ser, empero, una mera negación indeterminada; su esencial carácter crítico, negativo, es un momento que tarde o temprano debe ser completado con otro positivo, afirmativo. El simple escepticismo, que al final no es más que cinismo, tiene poco de verdadera filosofía. Ahora bien, la negación determinada que debe operar la filosofía, ¿adónde conduce, si hemos eliminado el papel rector del absoluto? Esto revela el carácter trágico de la reflexión filosófica, buscando su camino desde hace ya más de veinticinco siglos. Trágico porque no puede proceder sorteando simples contradicciones lógicas o empíricas que la acerquen progresivamente a la verdad; la verdad (alétheia) es ese espacio que debe, por el contrario, esforzarse por mantener abierto, suspendiendo sobre él figuras que sabe pasajeras pero necesarias en un momento dado. Donde no hay mera contradicción lógica que haga superarse (como en el Aufheben hegeliano) al pensamiento, lo que hay es el fracaso, el fracaso de todas las formas de pensamiento y acción; un fracaso que, a sabiendas de que no hay un absoluto esperando al final del camino, cercena la posibilidad de la reconciliación, de la integración de todas las determinaciones. Cuando no hay absoluto sólo queda la tragedia, el juego de la libertad y la necesidad, del espíritu y la materia, de la esperanza y la desesperación. Un enfrentamiento con la objetividad del mundo, sin solución posible. En ese esfuerzo por afirmar, por proponer, sin saber exactamente hacia dónde, radica el lado poético del pensar, que contrapesa el lógico, indispensable pero no suficiente.

Donde la verdad aparece como espacio siempre abierto (y mantenerlo abierto es la humilde tarea de la filosofía, esa especie de conserje del saber), encuentra su conexión esencial con el otro aspecto fundamental de la filosofía: la libertad. Verdad y Libertad, horizontes últimos del pensamiento teórico y del práctico, se encuentran en el fondo de todo y antes de todo como lo mismo, como aquello que con numerosos nombres ha buscado siempre la filosofía, la clave de bóveda del pensar (porque lo es del ser). Se vislumbra así lo que la filosofía es: la forma pura de la reflexión, liberada de todo contenido concreto. Emancipados de ella todos los saberes particulares, empíricos, se explicita esta su naturaleza. Por encima de todo objeto (aunque nunca, evidentemente, con independencia de él), la filosofía constituye el ejercicio del pensar en sí, sin un asunto o un método específicos... porque piensa desde y hacia la libertad, que identifica con el horizonte último de la verdad, que nunca puede reconocerse como tal desde horizonte óntico alguno. Su objeto, así, es (en términos aristotélicos) el "ente en cuanto ente", o "el ser," que preferirían otros, o "la existencia", o simplemente (con una formulación que resulta mucho más viva y actual) el mundo. Un pensamiento, así pues, del mundo en cuanto mundo (palabra que contiene todo lo humano), que aparece como su "referente" ineludible, y no sólo pensamiento de su propia historia (una autorreferencialidad absurda, salvo con fines propedéuticos y educativos), como ha llegado a perpetrar el actual escolasticismo académico que teme mancharse con su objeto.

Se trata, por tanto, del ejercicio genuino de la libertad (y ello desde la distancia teórica que es preciso comenzar por abrir), condición de posibilidad de ésta en el sentido práctico, político, al que desde un comienzo acompañó como su necesaria autorreflexión. La filosofía apareció ciertamente con la democracia, y desde entonces ha sido siempre, en palabras de Nietzsche, la "mala conciencia de la sociedad". El pensar filosófico, decíamos, parte de la experiencia habitual, que es preciso desmontar. Frente al acotado y sometido a método proceder de las ciencias, que constituyen hoy la "lógica de la verdad", la filosofía se hace cargo de una dialéctica trascendental, de una "lógica de la ilusión", que es ante todo política, no meramente gnoseológica; en ella se mezclan , ahora y siempre, el error y la mentira. Ese pseudós es, ahora y siempre, el punto de partida.