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lunes, 6 de abril de 2009

FILOSOFÍA (I)

Hallar criterios de orientación en lo sociopolítico y cultural. Ése y no otro ha de ser el propósito que se fije una ontología del presente. Las ciencias empíricas, y hasta la crítica, no dejan de situarse en un punto de vista puramente descriptivo; la filosofía, por su propia naturaleza, no puede renunciar a la valoración de lo dado. Ahora bien, toda valoración ha de hacerse desde cierto punto de vista. Determinar el punto de vista, la perspectiva de una valoración desde la que considerar en conjunto los problemas que nos ofrece la época, y proponer, cuanto menos, un modo de estar frente a ellos, una actitud íntima y coherente hacia el mundo, como diría Unamuno, ha de ser la tarea de la filosofía, tarea que desde cualquier otra vía de acceso a la experiencia (para la cual han de producir los conceptos necesarios) nunca podrá estar completa.

De esta forma se puede decir que el suelo que recoge la actividad y la actitud filosófica no puede ser otro que el de la propia cultura de la que parte, pero que aspira a trascender hacia una objetividad superior. La filosofía es siempre crítica, para empezar de sí misma, pues no es otra cosa que el denodado esfuerzo de autosuperación del pensamiento a partir de sus determinaciones iniciales. La clave de bóveda de ese esfuerzo propio de Sísifo no es otra que la libertad, el "hacia dónde" de una reflexión que aspira a desprenderse de toda determinación, aun reconociendo lo imposible de tal empeño.

Si esto constituye el qué (y el para qué) de la reflexión filosófica, queda por decidir el cómo de ese ejercicio. Aquí es donde las principales divergencias surgen enseguida, según que enfoquemos la cuestión (compartida como tal por la mayoría) desde un punto de vista dialéctico, hermenéutico, fenomenológico, genealógico, analítico, etc. Se puede proceder de lo universal a lo particular o, al contrario, partir de la facticidad para enfrentarse a ella desde postulados contrafácticos. Se puede ser positivo, en relación a lo que hay, o totalmente negativo. Se puede confiar en la existencia de una objetividad última o rastrear el devenir histórico de toda determinación... Aquí entran en juego las inevitables opciones personales, pues, como dijera Fichte, "el tipo de filosofía que se escoge depende del tipo de hombre que se es".

En todo caso, lo que el legítimo filosofar nunca debe perder de vista es su tarea como clarificación de la situación histórica del hombre. Como ya señaló Kant, todas las preguntas que delimitan el territorio filosófico y a las que debemos hacer frente (a saber, “¿qué podemos conocer?”, “¿qué debemos hacer?”, “¿qué nos cabe esperar?”), se resumen en una: “¿qué es el hombre?”. Lo que evidentemente tampoco podemos hacer es partir de un concepto dado del hombre, sino que hay que aclarar la consistencia de ese ser tan próximo a nosotros y a la vez tan lejano, pues tantas y tantas determinaciones históricas sobre nosotros, que despliegan y configuran el mundo que habitamos, nos alejan a la vez de nosotros mismos. La filosofía aparece, de hecho (y renace con renovado vigor) cuando el hombre ya no sabe qué es, en qué consiste "ser hombre". El hombre de aquí y ahora debe ser comparado con un concepto de hombre que le sirva de métron, concepto cuya producción, a despecho de biólogos, antropólogos, teólogos, etc., es no sólo derecho, sino deber de la filosofía producir. Sólo con las alternativas que el filósofo produce se ensancha el horizonte intelectual de una sociedad aparentemente ajena a estos temas, pero en la cual éstos, aun a la larga, siempre calan; y se evita así que ese horizonte quede embebido en la pura empiricidad de las ciencias particulares o en la vacía trascendencia de la religión.