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viernes, 14 de enero de 2011

FAMILIA

Como sabe cualquier antropólogo (que es a quien hay que preguntar por estas cosas), el matrimonio no sólo no es una "institución natural" (en lo cual ya hay una contradictio in adjecto), sino que es todo lo contrario: es una institución cultural (y convencional, por tanto) que trata de limitar la naturaleza, de recortar un espacio en ella sobre el que sostener lo social. En efecto, la función del matrimonio no es defender la familia (con la que una y otra vez se tiende a identificarlo, como si no pudiera haber familia sin matrimonio), sino precisamente obligarla a salir de sí, a "relacionarse" con otras familias, con el fin de reintroducir lo biológico en el tejido comunitario del cual tiende a escindirse (o al cual tiende a sobreponerse) por su propia naturaleza. Dicho de otra forma: la familia no necesita que la protejan de nada; antes bien, ella es la amenaza, cuando no se la obliga a responder a normas culturales. Está en nuestros genes: la familia implica un "principio de egoísmo" (con respecto a los que no son de mi familia) que se opone a la existencia de la comunidad misma. El matrimonio, así pues, es el "tope" que se impone a lo natural para que se pueda erigir lo cultural; pues se obliga a renunciar al incesto (las relaciones entre miembros de una misma familia, entendida aquí en sentido extenso) para así tener que emparentar con otros miembros de la comunidad, con otras familias, creando de esta forma lazos crecientes (relativos ante todo al trabajo y la propiedad) que vertebran la comunidad. De ahí la universalidad del tabú del incesto, que es complementaria de la universalidad del matrimonio: tiene que haber matrimonio para que no haya incesto, y ello para que pueda haber comunidad (*). El vínculo con ésta es, por tanto, sentimental, "robado" a la familia de sangre (que es la única familia en sentido biológico, natural). Ciertamente, la tendencia al incesto, esto es, a unirse únicamente con los de la propia familia extensa (que queda así "protegida", cerrada sobre sí misma, sin depender de terceros), destruiría ese vínculo que permite que haya comunidad; por ello el incesto tiene que ser prohibido y sustituido por formas de articular la sexualidad y la reproducción culturalmente aceptables. Ésta es, empero, una verdad inasumible por la conciencia natural, precisamente en la medida en que el tabú no puede siquiera representarse. Pero, como muy agudamente señaló Freud, sólo se prohíbe lo que se desea; si el incesto fuera "antinatural", como se quiere creer, no haría falta convertirlo en tabú. En suma, no hay nada "instintivo" ni en rechazar el incesto ni en la existencia del matrimonio; se trata de preceptos culturales  cuyo origen ha sido "naturalizado", como ha de serlo todo aquello que es condición de posibilidad del mantenimiento de lo social. Sin embargo, la identificación de matrimonio y familia es la mayor falsedad que puede existir. El matrimonio no es (en origen) otra cosa que un contrato que establece formas legítimas de reproducción (obligando a salir de la propia familia consanguínea para relacionarse con otras), y en la naturaleza no existe contrato alguno.

En efecto, lo natural es siempre igual; en la medida en que un fenómeno social, aun siendo universal, admita formas diferentes (como ocurre con toda convención), es que se trata de un fenómeno cultural. Y desde este punto de vista, puramente antropológico, toda forma de matrimonio es idéntica; no hay ninguna más "natural" o "legítima" que otras (**), sino que las formas socialmente aceptadas responden a circunstancias demográficas, económicas, religiosas, etc., que son cambiantes. Siempre hay tras el matrimonio, en efecto, una utilidad práctica, y es desde este punto de vista (y no otro) como debe comprenderse y valorarse. Como toda institución responde a una necesidad; ahora bien, ésta (en cuanto tal necesidad) prácticamente ha desaparecido hoy en día en las sociedades desarrolladas, fuertemente atomizadas. Por eso en éstas la institución del matrimonio, que ya no es conditio sine qua non para la formación de una nueva familia, ni la base de una comunidad ya inexistente, se vuelve mucho más flexible y adopta tan variadas formas. En efecto, en la medida en que hablamos de "sociedad", y no ya de "comunidad" (según la célebre distinción de Tönnies), los fundamentos de su unidad y funcionalidad ya no responden al modelo de la "gran familia" en que las distintas familias consanguíneas deben fundirse, de modo que el grupo quede unido por vínculos sentimentales. Por ello mismo la sociedad ya no es "patria", salvo para trasnochados evocadores de la "tierra materna", la "sangre", etc. La sociedad es algo totalmente artificial, frente a los lazos todavía "naturales" (sentimentales) que pudieran encontrarse en la comunidad. Y esta situación, que a aquéllos puede parecerles lamentable y digna de ser enfrentada, en realidad no tiene retorno. Es verdad que guarda relación con muchos de los males de nuestro tiempo, pero no menos con la emergencia de libertades a las que ya no estamos dispuestos a renunciar en nombre de un pasado que, por supuesto, "siempre fue mejor".

Debido a una serie de cambios legislativos que han ido en la dirección de ampliar dichas libertades (sin restringir con ello ninguna otra, evidentemente), de un tiempo a esta parte la iglesia católica está llevando a cabo una campaña extremadamente ruidosa, que incluye numerosas manifestaciones multitudinarias "en defensa de la familia". Al parecer, ésta se halla amenazada, y es que la iglesia sólo reconoce un tipo de matrimonio como válido, el cual considera "natural" a causa de su errónea identificación de dicho tipo (el monógamo heterosexual) con "la familia". Según esto, la existencia de múltiples formas de matrimonio supone una amenaza para la existencia misma de la familia, cosa que no se entiende muy bien. Esas quejas tienen como base la supuesta "persecución" que la familia tradicional está sufriendo en estos tiempos en que domina el "relativismo moral" (el "mayor mal" que amenaza al mundo, según el papa Ratzinger). Los católicos se dicen hoy perseguidos, pero, como siempre, son los perseguidores. Quien dice que la legalización del matrimonio homosexual "le agrede", demuestra que es él mismo el único agresor. Es el sentimiento de quien ha tenido todo el poder y ya no lo tiene, de quien pretende legislar sobre la vida ajena, de quien cree (y es intolerable que esto siga ocurriendo en occidente, doscientos años después de la Ilustración) que lo que es pecado debe ser ilegal. Pero, en fin, la iglesia y los que aún le hacen caso (entre los que, afortunadamente, no se incluye la mayoría de creyentes perfectamente cívicos que hay) siempre han  querido que el pasado (por lo menos cierto pasado, el que a ellos les interesa, y al cual llaman "naturaleza") sea la vara de medir el futuro. Por eso están condenados a tener que rectificar siempre, aunque no lo reconozcan y pretendan que su verdad es "milenaria". Antes una madre soltera era una puta; hoy ya no pueden decir esto; el día de mañana tendrán que tragarse las palabras del presente, como llevan siglos haciendo. Cuantos menos son, más tienen que gritar para hacer el mismo ruido. Pero se están desgañitando; pronto no les quedará voz.

(*) Surge así una aparente circularidad, está claro: pues la comunidad está presupuesta en la existencia del matrimonio, aunque éste posibilita que haya comunidad. Ahora bien, este problema se da con cualquier otro fenómeno, como el lenguaje, cuya transmisión es cultural, pero que a su vez se presupone como condición necesaria para que haya cultura. Aquí no hay reductio ad absurdum que valga: el problema del origen de toda institución tiene que ser visto a la luz del "despegue cultural" y el progresivo alejamiento que se dio entre naturaleza y cultura en los albores de nuestra especie.
(**) Otra cosa sería que señaláramos como preferible, por un criterio ético de reciprocidad, el matrimonio libremente asumido entre dos personas. Ahora bien, siendo éste el criterio, nada dice que dichas personas tengan por qué ser de sexos diferentes. Y en cuanto a que el matrimonio tenga que perseguir, necesariamente, un fin reproductivo, cabe objetar esto desde el punto de vista de una sociedad moderna: hoy ya no es necesario el matrimonio para tener hijos, ni tener hijos para que haya matrimonio. Se trata de un acuerdo meramente sentimental y/o económico. En cualquier caso, llegará el día en que la tecnología permita tener hijos naturales a parejas de un mismo sexo. ¿Qué se objetará entonces?