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domingo, 19 de diciembre de 2010

EL TEXTO FILOSÓFICO

Uno de mis escasos lectores me dijo un día que aquí no desarrollo suficientemente las argumentaciones, sino que sólo muestro conclusiones a las que, en muchos casos, no se advierte bien cómo he llegado. Ese lector tiene razón, naturalmente, pero es que esto es un blog. A cada formato sólo se le puede exigir lo que le resulta propio. Cuando quiero desarrollar convenientemente una argumentación acerca de un tema, escribo un artículo, aunque he de reconocer que esa actividad la tengo bastante dejada de lado. La distancia (física y temporal) del medio académico es un obstáculo que cada vez se me hace más insalvable; quien no se mueve en los círculos donde a diario se discuten ciertos problemas teóricos, empieza a perder contacto con éstos. No solamente va resultando más difícil enfrentarse a ellos, sino que, lo que es peor, producen cada vez mayor indiferencia. Es lo que tiene ser profesor de secundaria: por más que uno lo intente, impartir clase (o sea, pensar) en ese nivel adocena; y como tenemos vedada la actividad investigadora, terminamos apalancados en la repetición de contenidos de una simpleza terrible. Qué poco me gustaba en la universidad la investigación guiada, y cómo la echo ahora en falta. Sin orientación, trabajando en solitario, hasta el más decidido investigador termina perdiéndose en el diletantismo. Como se observa en las artes (creo que la comparación viene al caso), la absoluta libertad de trabajo termina difuminando la actividad misma. Sin algún tipo de coerción nada sale adelante. Y por último, saber que el propio trabajo no va a tener reconocimiento alguno quita toda gana de trabajar.

De todas formas, detecto algo preocupante cuando leo bibliografía especializada. Los artículos de eso que podríamos llamar, en general, "ciencias humanas" (o incluso las sociales), cada vez se parecen más en su formato a un blog. Ahí sí que estamos ante un problema de desajuste entre forma y contenido: la sociedad de la información entra en juego con sus exigencias. Por influencia de las cada vez más pujantes revistas electrónicas (que se extiende a las tradicionales, impresas), la extensión de los artículos se está reduciendo drásticamente. Lo cual es curioso, porque en formato electrónico cada página ni cuesta dinero ni ocupa lugar ni pesa (argumentos de toda la vida para limitar la extensión de las contribuciones). Muchos artículos son ya de cuatro o cinco páginas, lo que en rigor no da sino para plantear el problema. Pero ahí lo dejan. Hace poco dediqué con deleite toda una tarde a leer un "artículo" de Quintín Racionero de hace algunos años. Entrecomillo artículo porque tenía sesenta páginas: todo un ensayo, más bien. Eso es ya imposible en el panorama bibliográfico actual, donde cada vez se pide mayor brevedad y, lo que es más importante, que los artículos sean básicamente la exposición de unas tesis concisas (a ser posible, recogidas ya en el abstract) que remitan a otras fuentes documentales (físicas o electrónicas) en las que el lector podrá seguir la cuestión, si le place y tiene tiempo, así como acceso a las mismas. Todo ello debe estar rematado, y esto es lo más importante, por unas conclusiones. Se supone que éstas son, en realidad, lo único que el perezoso lector (por no hablar, en muchos casos, del comité científico) va a leer, aparte del resumen inicial y las palabras clave. 

Este modelo, procedente de las ciencias exactas y que se quiere extrapolar a las demás, es nefasto para las "humanidades", y produce el efecto contrario al que se persigue (esto es: exactitud, rigor, precisión). No sólo no estimula, sino que depaupera enormemente la producción teórica. Por lo que toca a la filosofía, cuyo "género literario" es difícilmente fijable (puede ser el ensayo, el diálogo, la epístola, etc., y ello pese a ciertos deconstruccionistas que consideran que ella misma es un "género literario"), pero que tiene en cualquier caso una estructura discursiva (por lo general con pretensiones de cientificidad), todo texto ha de tener un planteamiento al que debe seguir el desarrollo de su contenido teórico. Éste no es la "demostración" de unos resultados que interesen con independencia del medio seguido para obtenerlos. El desarrollo, el recorrido, constituye la finalidad misma del discurso, que se supone además dirigido a especialistas que van a tener el interés y la preparación para entenderlo. ¿Conclusiones? ¡Las que se extraen de la lectura de ese desarrollo, y que sin él no suelen ser ni siquiera enumerables! ¿Pero a qué estamos jugando? "Ahí van las conclusiones, lo que he querido decir, por si no has entendido el modo en que lo he dicho". ¿Dónde están las "conclusiones" de la República, de la Metafísica, de la Crítica de la razón pura, de Ser y tiempo? Como señaló Hegel, el contenido no puede nunca separarse de su exposición.

Estamos asemejando la producción teórica a los libros de texto escolares, esos que yo, como docente, no quiero ni ver. Pretender que se puede reducir una estructura argumentativa a cuatro ítems refleja la calidad que se espera del contenido, o sea, del autor. Y lo malo es que la mayoría de artículos que se publican hoy se adecúa a esas exigencias desde su planteamiento mismo, que es el de publicar aunque no haya nada que decir, sólo para hacer méritos. El típico artículo que uno encuentra en una revista de ciencias humanas o sociales es el refrito de alguna lectura hecha o la glosa del artículo de algún compañero, que nos la agradecerá devolviéndonos otra mención para así establecer la hoy tan preciada "interreferencialidad", criterio decisivo a la hora de calibrar el "impacto" de un artículo en medios científicos. ¿Debate intelectual? ¿Pólemos? Ninguno. No hay que hacer enfadar a los colegas. Total, ¿a quién le importa lo que escriban los demás?

Todavía recuerdo con fastidio cuando en uno de esos momentos (frágiles espejismos, como sabe todo el que ha pasado por ello) en que creí definitivamente terminada mi tesis doctoral, me comunicaron que, a efectos formales, debería contar con unas conclusiones finales. Agobiado, después de cinco malditos años de redacción, me dispuse a escribir esas breves "conclusiones". Más de cinco intentos fallidos hicieron falta hasta que de allí salió lo único que podía salir: un nuevo capítulo de unas veinte páginas en el que no resumía nada, sino que desarrollaba aún más ciertos problemas. Y es que en filosofía no hay nada que, sin cierta impostura, pueda ser llamado "prólogo" o "conclusión", sino únicamente textos que se prolongan infinitamente, rizomáticamente si se quiere. De cada concepto, de cada nota al pie, surge un nuevo desarrollo. Toda conclusión, aclaración, fundamentación, etc., de un texto filosófico es ya otro texto filosófico, que sostendrá nuevas tesis. Por eso ningún filósofo se puede explicar a sí mismo. El texto, por tanto, no se puede "acabar"; se le puede poner término, pero siempre de un modo un tanto arbitrario. Las conclusiones que las extraigan los lectores, si es que se han tomado la molestia de leer el texto; cosa que, dicho sea de paso, en el caso de las tesis doctorales normalmente no ha hecho nadie.

A propósito de éstas, y para terminar: si por exigencias sistémicas los artículos se reducen tanto, ¿por qué se siguen escribiendo esas tesis de cuatrocientas páginas o más? Porque aquí sí que habría que meter el cuchillo... el de Ockham, digo. Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. Otra práctica abusiva, esta vez de signo contrario, que va contra la calidad de la investigación. Cualquiera que hojee una tesis doctoral "de letras" realizada en las últimas décadas no encontrará más que una enorme colección de citas brevemente comentadas, y eso sí, con generosísimos interlineados y en ocasiones enormes tipos. Originalidad y grado de elaboración teórica, muy escasos. Habría que volver a los tiempos en que las tesis tenían unas cien páginas, como mucho. Suficiente para una investigación sólida. Lo que ocurre es que se quiere hacer pasar la cantidad por calidad, y los "fusilamientos" sistemáticos de fuentes por erudición, lo cual dice mucho del estado de cosas. El fin de los grandes sistemas filosóficos, sin embargo, ha de tener consecuencias no sólo sobre el contenido teórico, sino también sobre su forma; ha de verse reflejado en la estructura y el volumen de las obras, que ya no pueden pretender ser summae en el sentido medieval. Pero tampoco blogs, por supuesto (por lo menos no en cuanto producción científica). Ahora bien, sobre este tema no hay epistéme que valga, sino sólo phrónesis. Esperemos que el saber hacer prevalezca sobre unos requerimientos sociales que amenazan con destruir la propia investigación humanística, incompatible con ellos.