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jueves, 12 de julio de 2012

ECONOMÍA

No se puede negar que la crisis, no obstante el abismo al que nos empuja, tiene aspectos epistemológicos y filosóficos interesantes, como la explicitación de la falsedad absoluta del sistema –para quien no fuera ya consciente de ella– que se revela en el hecho de que su “ciencia rectora” carece de toda cientificidad. La Economía, en efecto, demuestra no tener carácter predictivo alguno, y ello pese al aparato matemático que emplea; únicamente puede justificar a posteriori lo que ha pasado (la inefectividad de las medidas tomadas), y ello con total discrepancia entre los analistas. Ello la refuta de inmediato como supuesta “ciencia”. Es totalmente incapaz de hacer predicciones que se cumplan, cuanto menos (atendiendo a su carácter de “ciencia social” y por tanto “estadística”, es decir, que juega con probabilidades) dentro de unos márgenes aceptables. Realmente, el carácter predictivo de la Economía sólo se cumple en condiciones “normales”, “estables”, esto es, controladas políticamente; sólo posee carácter predictivo cuando todo va bien, pero deja de tenerlo en cuanto las cosas fallan. No es, por tanto, una ciencia. Una ciencia que sólo “funciona” en unas condiciones creadas políticamente y que es incapaz de anticipar lo que ocurrirá fuera de éstas (y estamos, precisamente, ante un absoluto vacío político, con líderes políticos preguntando a economistas qué deben hacer), una ciencia totalmente dependiente de la que demuestra ser la única intervención capaz de encarrillar de nuevo las cosas –la decisión política–, es en realidad pura ideología: la ideología que pretende hacer pasar por “racional” un determinado estado de cosas (unas determinadas relaciones de poder) que es sólo coyuntural. Tiene la misma cientificidad que las predicciones del astrólogo que anuncia que el rey va a ejecutar a alguien, cosa que efectivamente el rey hace, porque el astrólogo ha dicho que era su destino. Una Economía que se identifica absolutamente con un determinado modo de producción (el capitalista), cuyo final no es capaz de imaginar siquiera porque sólo puede producir efectos en condiciones de "normalidad" que son siempre creadas por un poder político (mediante su legislación y su consecuente aseguramiento policial y militar), demuestra ser lo que siempre fue: un conjunto de técnicas, una artesanía, para optimizar el beneficio en dichas condiciones, más allá de las cuales no puede ver, porque toda exterioridad al sistema económico-político (que, por supuesto, considera absolutamente “natural”) no existe para ella.