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domingo, 16 de enero de 2011

DITIRAMBOS (I)

Mi director de tesis, Juan Manuel Navarro Cordón, me recomendó eliminar estas páginas de la misma, por considerarlas superfluas. Con ellas terminaba el borrador inicial, aunque luego tuve que redactar unas "conclusiones finales" que, desde luego, no fueron tales. No le hice caso, aunque él tenía razón, y yo lo sabía; pero es muy duro renunciar a lo escrito. Si algún día tengo la ocasión de publicar mi tesis doctoral en papel, eliminaré antes estas páginas. Aun así, y tal vez por ese carácter superfluo, me ha parecido bien reproducirlas aquí (desprovistas, eso sí, del aparato de notas que las acompañaba originalmente):

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Se puede encontrar en el último año de la producción de Nietzsche (las obras y fragmentos de 1888-1889) una profunda reflexión acerca de la libertad, la belleza y la muerte. El pensamiento trágico que surgió en El nacimiento de la tragedia y alcanzó su máxima expresión en el Zaratustra ha sido destilado hasta sus últimas consecuencias. Poco antes del colapso final, en los Ditirambos de Dioniso –su penúltima obra concluida–, el pensador pone ante los focos la figura de Dioniso y todo lo que la rodea como no lo ha hecho anteriormente. Los Ditirambos, que aúnan los temas de la belleza, la muerte y la libertad, nos dan una indicación muy gráfica acerca de cómo podría ser la concepción de la vida y de la acción del superhombre, del hombre que vive bajo el signo de Dioniso. Este breve poemario es, desde luego, una pieza fundamental para entender el pensamiento tardío de Nietzsche, y aún no ha sido suficientemente analizado; no pretendemos hacerlo ahora, pero sí ofrecer algún apunte. Tres de los ditirambos (“¡Sólo loco! ¡Sólo poeta!”, “Entre hijas del desierto” y “Lamento de Ariadna”) están ya en el Zaratustra, aunque con algunas modificaciones, sobre todo en los finales. Hay motivos para pensar que las piezas que componen los Ditirambos describen las visiones que tiene Zaratustra durante su enfermedad en Z, “Der Genesende”. En ellas se le revelan ciertas verdades al profeta del eterno retorno, aunque éste está todavía preso de una comprensión de las mismas desde el horizonte del nihilismo activo; pero indican también algo que él podría ya atisbar: cómo habrá de ser el superhombre.

Por citar sólo algunos pasajes, podríamos detenernos en “Última voluntad”, que, por su brevedad, transcribimos entero:

«Morir así,
como una vez lo vi morir,
al amigo que relámpagos y miradas
arrojó divino en mi oscura juventud.
Atrevido y profundo,
un bailarín en la batalla,

el más sereno entre los luchadores,
el más grave entre los vencedores,
sosteniendo [stehend] un destino sobre su destino,
duro, meditabundo, reflexivo:

estremeciéndose porque vencía,
exultante porque vencía muriendo:

ordenando mientras moría
–y ordenaba que se destruyera

Morir así,
como una vez lo vi morir:
venciendo, destruyendo…»

Con independencia de que aquí Nietzsche rememore a alguna persona real (así parece por su comienzo) en la que, en cierto modo, encontró un modelo, parece clara la referencia al superhombre; al hombre cuya victoria consiste, precisamente, en la muerte, una muerte serena. Un luchador (la guerra representa la propia vida) “atrevido y profundo”, “un bailarín”, al que no le importa morir destruyendo para que se pueda volver a crear. Una muerte libre, escogida (“sosteniendo un destino sobre su destino”), una bella muerte.

En “La señal de fuego” nos encontramos con la ya conocida imagen del mar –lo ilimitado, inconmensurable–, asociada a lo dionisíaco.

«Aquí, donde entre mares creció la isla»,

comienza el poema. Esa isla, donde está Zaratustra solo, es el espacio abierto por él, un espacio en lo apolíneo (¿un Estado, tal vez?) donde espera la llegada del superhombre.

«Aquí enciende bajo un negro cielo
Zaratustra sus elevados fuegos,
una señal de fuego para navegantes sin rumbo,
un signo de interrogación para aquellos que tienen la respuesta…»

Es el lugar desde el que comenzar la reconstrucción del mundo, para la cual necesita compañeros. Pero, previamente, ha debido alejarse del mundo, para poderlos encontrar:

«¿Por qué huyó Zaratustra de animales y hombres?
¿Por qué escapó él súbitamente de toda tierra firme?»

Zaratustra llama a un hombre que aún no existe, que está todavía por venir; que tendrá que surgir de las ruinas del mundo actual:

«¡Navegantes sin rumbo! ¡Ruinas de viejas estrellas!
¡Vosotros, mares del futuro! ¡Cielos inexplorados!
Hacia todo solitario lanzo ahora el sedal:
¡dad respuesta a la impaciencia de la llama,
coged para mí, el pescador sobre altas montañas,
mi séptima última soledad!»