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lunes, 28 de abril de 2014

DILEMA

Cuando se llega a una edad que perfectamente podría ser el ecuador de la vida, ésta empieza a verse con otros ojos y las miradas retrospectivas cargadas de cierta nostalgia se hacen inevitables. Es ese momento en el cual se repasan los logros conseguidos y se comparan con los objetivos vitales que uno se había fijado al comenzar la veintena, edad en que proyectamos lo que queremos ser, el patrón con respecto al cual medimos lo exitosa o no que ha sido nuestra trayectoria. Y la sensación de que el tiempo se escapa como agua entre los dedos se convierte en un repiqueteo incesante que no deja de resonar en el alma; un recordatorio de las muchas posibilidades aún irrealizadas, de las puertas que se cerraron, de las decisiones que se hubieran tomado de otra forma con la perspectiva que ahora se tiene.

Una cierta angustia sorda acompaña ese momento de reflexión que intentamos acallar, dándole una forma casi sólida al umbral en que nos encontramos, la divisoria entre las dos vidas que toda persona vive: la primera mitad que se malgasta y la segunda en que se intenta reparar algo de ese desperdicio. Una nueva vida empieza a partir del momento en que esa angustia se hace patente, sí, pero una vida atada por el pasado, lastrada por todas las elecciones que ya no se podrán corregir. Las posibilidades se despliegan de nuevo ante nosotros, pero siempre serán menos que antes. Esa desasosegante sensación es inevitable, seguramente: se haya hecho lo que se haya hecho, se haya vivido como se haya vivido, siempre quedará la pregunta de cómo seríamos ahora, quiénes seríamos ahora, de haber elegido precisamente lo que en su momento no elegimos, y eso por mucho que, de poder hacerlo, repitiéramos sin dudarlo esas elecciones. Es consustancial a la vida ser el derroche de todas las cosas que quedaron a la orilla del camino. Somos la suma de lo que hemos hecho, por descontado, pero también, quizá más aún, somos la suma de lo que no hemos hecho, de nuestras aspiraciones incumplidas y de nuestras frustraciones. Éstas nos definen mejor que nada.

Una decisión pesa por encima de todas, y es probablemente el mayor dilema existencial que cabe plantearse, la decisión suprema, la que decide el tipo de persona que somos: si nos atamos a algo, si nos asentamos, si echamos raíces, o si preferimos mantenernos en perpetuo movimiento, sin ataduras, cuales nómadas. La primera opción proporciona seguridad, la segunda libertad. Es difícil hallar un justo medio entre ambas; normalmente hay que sacrificar la una en favor de la otra. La cuestión se podría plantear de otra forma, que se me antoja más precisa incluso que la anterior: tenemos que decidir si preferimos tener algo en la vida, aun sabiendo que es falso, una ilusión, y que en última instancia supone un modo de esclavitud, o si por el contrario preferimos vivir en un estado de lucidez, de apertura, libres, pero sin tener nada firme a lo que agarrarnos. Naturalmente, no hablo de lo material, sino de algo espiritual, de un territorio interior que sólo después de ganado se refleja en la exterioridad de nuestra existencia. Ése es el dilema, me parece. Y ahora, ¿qué hacer? La arena del reloj ya ha recorrido la mitad de su camino sin retorno.