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miércoles, 30 de noviembre de 2011

CINISMO (II)

Tanto la creencia en que tras la crisis está una “filantropía manirrota” como el odio que despierta en muchos el 15-M (o cualquier otra manifestación de crítica al statu quo) son expresión de una ignorancia absoluta. Aunque tal vez no se trate de “no saber”, sino de “no querer saber”; esta crisis, como todas las grandes, deja al desnudo la naturaleza de la sociedad, y esa visión (que en Londres, por ejemplo, ha llegado a su máxima expresión, pero sólo por el momento) resulta insoportable para muchos. Así que hay que invertir a toda costa causas y efectos para salvar las tranquilizadoras apariencias.

La sociedad, en efecto, no es sino un vastísimo sistema de tensiones en equilibrio, de fuerzas contradictorias que defienden intereses particulares; el llamado “bien común” o “interés social” no es sino la delicada homeostasis construida en una época determinada y en cierto marco sociopolítico, homeostasis que dura por lo general, como mucho, unas cuantas décadas hasta tener que redefinirse por causas productivas, demográficas, tecnológicas, o del tipo que sean –normalmente por la confluencia de varias de ellas–. La moral y el derecho justifican y fundamentan racionalmente esos estados de equilibrio, hasta que sus respectivos marcos teóricos deben revisarse porque la realidad ha cambiado hasta no verse reconocida en ellos. Pequeñas anomalías son resueltas constantemente (el concepto de anomía de Durkheim, la “situación fuera de la norma”), hasta que llega un momento en que la anomalía es estructural y el sistema entero debe ser modificado. Ello se hace siempre bajo la supervisión de los detentadores del poder, que quieren hacerlo a su manera, esto es, autoperpetuándose ellos mismos en el poder. Y ahí es donde entra en juego el conflicto social como forma de regateo; nunca se consigue fundar un orden social nuevo bajo las premisas de los “rebeldes”, está claro (a lo mejor no consiguen absolutamente nada), pero normalmente rebajan en algún grado las pretensiones del poder y las hacen “más humanas” (esto es: más soportables por los que están abajo). En todo caso, cuanto más consigan desviar esas pretensiones, más estable y duradero será el nuevo orden. Y vuelta a empezar. Consolidación, período de estabilidad, surgimiento de problemas, soluciones momentáneas, lenta decadencia, obsolescencia del sistema y nueva crisis. Así siempre. Frente a la enérgeia del poder, el conflicto social constituye la indispensable dýnamis, la potentia que impide el eterno retorno de lo igual, de los mismos haciendo siempre lo que quieren cuando quieren. Naturalmente, ese conflicto no toma sólo la forma clásica (marxista) de la “lucha de clases”; es transversal y se da en todas las capas de la sociedad, articulando diversos frentes de interés.

Ahora bien, ¿cómo es visto el conflicto desde dentro del orden declinante, esto es, por aquellos interesados en que nada cambie? Siempre como algo demoníaco, perverso; como una violación del “orden establecido”, una “inmoralidad” que debe ser no sólo castigada, sino también estigmatizada y humillada para dar ejemplo. Por eso en la coyuntura actual el conflicto se llega a vincular con el terrorismo, como si entre un manifestante del 15-M y un etarra o un muyahidín sólo hubiera una diferencia de grado, pero todos ellos pertenecieran a ese mismo género de “eje del mal” que son los “antisistema”, género imaginario creado para designar todo aquello que no pertenezca a la Weltanschauung liberal. Los “liberales” (¿son tal cosa?), mientras tanto, niegan todo conflicto social y quieren ver el estado actual de cosas (el que les conviene) como algo natural y necesario, como culminación de la historia, como –de hecho– resolución del conflicto social. Éste quedó ya resuelto, y cualquiera que lo quiera "reabrir", en cualquiera de sus formas, está en contra de la sociedad, del progreso, etc. Así es como se pudo hablar en los noventa, tras la caída del Muro y el colapso de la URSS, del “fin de la historia”, el “fin de las ideologías”, etc. Todo nuevo y momentáneo estado de equilibrio se cree el definitivo porque no puede imaginar su propio final. De esta forma, los ideólogos del sistema (tan estratificados y omnipresentes como el propio conflicto) se empeñan siempre en negar el carácter conflictivo de la sociedad, lo cual constituye un negacionismo tan estúpido como las pretensiones revolucionarias de los adolescentes que se ponen una camiseta del Che y creen que por ello ya están cambiando el mundo. Lo que los primeros no son capaces de ver es que el conflicto permanece en estado latente, aletargado, en tanto haya un equilibrio de fuerzas que satisfaga a la mayoría (o por lo menos a un amplio número); pero tan pronto no sea así, despertará y volverá a su forma explícita –esto es, no mediada por políticos ni instituciones–. Esto es lo que la actual crisis, dada su magnitud, ha traído consigo; un conflicto que no se soluciona apelando al “orden social” que, precisamente, es lo que se está desintegrando, desde el momento en que se han alterado las condiciones básicas de existencia de la noche a la mañana. El neoliberalismo ya no articula las fuerzas sociales que él mismo, con su codicia desmedida, ha enfrentado. La explicitación del juego trae consigo estas cosas; quien instaura el puro nihilismo (vaciando de todo sentido el espacio político para sustituirlo exclusivamente por lo económico) luego no puede apelar a la “moralidad” de la gente a la que ha dejado sin nada.

Ciertamente, las eternas contradicciones de la ideología liberal se hacen manifiestas, aunque sólo para que la inmensa mayoría las secunde, únicamente por miedo, en un movimiento políticamente suicida –puesto que lo que se está llevando a cabo es, precisamente, el desmantelamiento de lo político–. La hipocresía de la derecha liberal (que eso es lo que es, derecha, que nadie se engañe; no hay “tercera vía”) es clarísima: considera que la destrucción del Estado conduce al reino de la libertad individual, cuyo estandarte es el maravilloso libre mercado. Y está claro que es así, siempre que por “libertad individual” hablemos de la libertad del burgués (que no es, frente a la ingenuidad condicionada de la gente, cada hijo de vecino, aquel que posee un piso o un pequeño negocio: es el que posee capital, lo cual tampoco es tener una cuenta en el banco), que no tiene de qué preocuparse ante la supresión de toda garantía social; él ya tiene las espaldas cubiertas. Educación privada, sanidad privada, planes de pensiones… al fin y al cabo, ¿acaso no se ha ganado todo eso con su trabajo? El Estado sobra; únicamente es una estructura burocrática que vampiriza sus esfuerzos mediante los impuestos. Si no existiera, los negocios proliferarían aún más y la riqueza circularía socialmente como el champán en una fiesta. La mano invisible.

Hay que ser verdaderamente ingenuo, o mendaz, para creerse esto. Crisis como la actual tienen al menos el valor de demostrar a qué conduce el mercado totalmente libre, esto es, el mercado desregulado, sin supervisión política. Y es que el liberalismo económico no reflexiona sobre sus propias condiciones de posibilidad, que quiere ver siempre, frente a la “artificialidad” del Estado, como algo natural, espontáneo: la gente hace sus negocios tranquilamente hasta que llega un aguafiestas y les impone una regulación para llevarse tajada. Pero, ¿qué gente, cuándo, cómo hacen sus negocios tranquilamente? Sólo cuando existe un marco político y jurídico previo en el que esas transacciones tienen sentido (garantizando, por ejemplo, el valor de cambio con su moneda, o el cumplimiento de las obligaciones con sus jueces, o la seguridad del patrimonio ya adquirido con su policía, etc.). Pero los liberales sólo se acuerdan del Estado para pedir aranceles, seguridad e intervenciones militares en el exterior que garanticen el suministro de materias primas y energía. Quieren libre mercado para sí y Estado para los demás, frente a los que defienden el Estado para todos (a los cuales encima acusan de “rendir culto” al Estado). Se confunden constantemente dos cosas que con el tiempo han llegado a ser antagónicas: el liberalismo económico y el liberalismo político, que sólo alguien con una mentalidad anclada en el siglo XIX puede seguir identificando, cuando se ha demostrado claramente que el primero, llegado a ciertos niveles de crecimiento, existe sólo a costa de devastar los logros del segundo. La burguesía ya no es la clase trabajadora y oprimida que se opone a la aristocracia terrateniente; es la clase dominante que exprime a los trabajadores. Pero se mezclan conceptos a conveniencia para que se la vea siempre como la salvadora de un enemigo abstracto: la eterna amenaza contra las libertades individuales que representa todo lo que no es burgués.

La propiedad privada es lo único que importa. Eso sí, la propiedad privada del capitalista, porque la del ciudadano se desvanece tan pronto como sus expectativas de futuro en cuanto el margen de ganancias del capitalista decrece y decide recuperarlo del trabajo acumulado de aquél, evidenciando así que lo que posee la ciudadanía es una mera ilusión (“mi casa”, “mi coche”, “mi cuenta en el banco”), y no algo material. Cuando otro particular –como lo es el capitalista– puede arrebatarte lo tuyo cuando él quiera, es que nunca ha sido tuyo. La propiedad privada del trabajador no es tan sacrosanta; los principios del liberalismo económico serían muy bellos si fueran universales, pero jamás lo han sido. Para legitimar este estado de cosas están los voceros del liberalismo y de la derecha en general, que se enojan muchísimo en cuanto se sugiere que la propiedad privada del rico pueda sufrir un destino similar a la del pobre. Se advierte enseguida quién paga su nómina a fin de mes –aunque a los más estúpidos ni siquiera hay que pagarles; repiten gratis las mentiras que escuchan– y cómo de maleable es su conciencia. Es pasmosa la indiferencia que los defensores de la decencia muestran ante la miseria humana, cuando deberían estar todo el día clamando por ella al cielo (como lo hacen por tantas otras cosas); es pasmoso cómo despachan los atropellos que contemplan con sentencias como “la vida no tiene por qué ser justa”, aunque luego, curiosamente, no dejan de hablar de una moral absoluta y a la primera oportunidad insisten en que son “provida”. Estos mismos, sin embargo, son los que se indignan (ellos sí tienen derecho a indignarse, puesto que son “decentes” y “trabajadores”) cuando se ocupa un piso abandonado, por ejemplo. Prefieren que haya gente en la calle a que se toque la propiedad privada de alguien que tiene un inmueble a manos muertas desde hace años o décadas, en un estado ruinoso. Lo primero es lo primero, y antes que la vida está la propiedad. Frente a su honradez y dignidad sólo queda el carácter criminal y los “oscuros intereses partidistas” de los demás, los que “no quieren trabajar”. Aquellos cuyas expectativas de vida, alimentadas por el sistema que los primeros defienden como algo sagrado, han saltado por los aires, y a los que encima se les dice “jódete”.

(sigue)