domingo, 8 de abril de 2018

LOS BIG DATA Y LA LIBERTAD




Desde que Trump ganara contra todo pronóstico las elecciones de noviembre de 2016, se ha oído hablar mucho de la antes totalmente desconocida Cambridge Analytica, empresa estadounidense ‒su nombre proviene de haber contado en sus orígenes con unos cuantos genios de la universidad británica‒ dedicada al análisis y la gestión de información con fines comerciales y políticos. Esta empresa se ha mostrado especialmente competente a la hora de manipular esa realidad tan desconocida para la opinión pública en general que son los big data, los “datos masivos”. Éstos son no ya el futuro del comercio, las comunicaciones y hasta de la ciencia, sino su presente, y tanto más efectivos resultan (por lo que a la predicción y moldeado de la conducta humana concierne) cuanto menos se sabe de su funcionamiento. Por eso conviene ir familiarizándose con este elemento ya fundamental de la sociedad actual.

La gestión de estos macrodatos viene creciendo exponencialmente en los últimos años, sin ser un tema del que la opinión pública esté muy informada. Nuestra vida ha cambiado debido a ellos, pero no nos damos cuenta. El concepto es sencillo: si tenemos una capacidad de procesamiento de información suficiente, podremos manejar cantidades absurdamente grandes de información ‒conseguida legalmente o no, lo cual al final no es demasiado relevante‒, de la cual podremos, usando los logaritmos adecuados, extraer unas pautas generales, unos movimientos, tendencias invisibles al ojo del mayor especialista (sociólogo, economista, politólogo, etc.) que revelan lo que está pasando, en tiempo real, en sistemas complejísimos que antes sólo a posteriori podían ser comprendidos (aunque ese a posteriori fuera de días o semanas). Ahora esas tendencias pueden predecirse con exactitud matemática, como lo hacía la ciencia ficticia de la “psicohistoria” de Asimov, si bien, de momento, a corto plazo. Pero es un paso de gigante. La clave del éxito de estas empresas de la información no está en su increíble capacidad de procesamiento ‒eso no es tan difícil, únicamente es caro: más potencia de cálculo se está empleando, por ejemplo, en la “minería de datos” dedicada a obtener bitcoins‒, sino en los algoritmos que emplean. Actualmente el mundo gira en torno a unos cuantos algoritmos celosamente guardados, ya sean los de Cambridge Analytica o los de Google, Facebook o Amazon: las fórmulas mágicas, la nueva alquimia que proporciona el oro de hoy en día: la información en tiempo real. Toda la información. Porque ésta es directamente canjeable como dinero y poder. No hay nada más valioso que ella en el nuevo tablero global. 

Esos algoritmos ‒tras los cuales están mentes no menos inteligentes que Stephen Hawking, pero cuyos nombres no alcanzan la misma fama‒ permiten cribar terabytes de información y hallar en ellos ciertas regularidades. Esto es importante para entender por dónde va el futuro de la investigación científica (que cada vez más se sirve de ellos, ya sea en economía, astrofísica o meteorología): los big data no explican nada; tan sólo dan con determinados órdenes cuantificables, determinadas secuencias, que permiten a programas informáticos inducir que a “x” siempre le acompaña “y” (y “z”, etc.). No se halla relación causal alguna, no es una explicación en términos tradicionalmente considerados científicos, lo cual permitiría traer a colación la falacia lógica cum hoc ergo propter hoc. Pero dicha falacia, que puede ser tal cuando hablamos de casos particulares o de generalizaciones hechas a partir de muestreos insuficientes, deja de serlo cuando la cantidad de datos analizados es de billones (como es el caso de un terabyte): el caso es que la coincidencia, si queremos llamarla así, se da, y se da prácticamente siempre ‒con razón causal o sin ella‒, y eso es todo lo que cuenta. A las empresas dedicadas a la logística de ventas, a predecir resultados electorales o a detectar tendencias de búsqueda en internet no les interesa saber por qué la gente hace lo que hace; les basta con saber que, de hecho, lo hace. La ciencia, desde Galileo, ha prescindido del para qué, de la finalidad; ahora empieza la época ‒porque estos procedimientos serán el futuro de la propia investigación científica, y ya están sirviendo para reenfocar paradigmas epistemológicos‒ en que se prescinde del por qué, de la causalidad. Puros quanta, simple correlación de elementos; las estadísticas terminan por borrar la necesidad de fundamentación teórica. Esto, tan criticado desde posturas filosóficas “posmodernas”, sólo es la irónica confirmación de lo que proponían como “antisistemático” y “emancipador”: meras series acausales, repetición sin fundamento, diferimiento del origen. El triunfo técnico del pensamiento débil, aunque éste no lo imaginara así.  

Lo relevante, filosóficamente hablando, no es tanto la revisión epistemológica a la que esto conduce, sino la tesitura ontológica ante la que nos pone, en concreto, en relación al problema de nuestra identidad y de la libertad. Porque viene a ser la demostración empírica ‒no teórica, una vez más, porque en ese asunto los big data no tienen capacidad alguna‒ de que no somos libres; de que únicamente ignoramos los miles o millones de variables que nos componen, que nos hacen pensar, sentir, opinar, desear como lo hacemos. Pero las multinacionales que gestionan nuestra información sí poseen esos millones de variables. Están ahí. La gran máquina de registro que es internet, con nuestras búsquedas, nuestras compras, nuestros incansables clics en esto y aquello (los “me gusta”, las solicitudes de amistad o seguimiento, las búsquedas, el porno que vemos, etc.), dicen más de nosotros de lo que el mejor psiquiatra del mundo pudiera sacarnos después de meses de terapia. Eso es todo. Somos eso, por triste que nos resulte admitirlo, tan complejos e inescrutables como nos creemos. Los formidables algoritmos de Cambridge Analytica permiten filtrar inmensas cantidades de esa información y, sólo a partir de la brindada por Facebook (e insisto, ni entro aquí en el tema de lo legal o ilegal de su obtención, porque ése es otro asunto y no deja de ser como cuando pillan a un político confesando en privado algo irregular y se queja de cómo se ha filtrado a la prensa), a partir de unos cientos de “likes” (tan sólo eso basta por persona), reconstruyen las pautas cognitivas y emocionales de un individuo y son capaces de extraer de ellas con una fiabilidad próxima al 100% conclusiones acerca de sus preferencias políticas, sexuales, de ocio, comerciales, etc. El siguiente paso, que Cambridge Analytica ya dio (el Brexit, Trump, parece ser que el independentismo catalán, etc.) mientras se culpaba a hackers rusos, es producir los estímulos que desencadenan las reacciones cognitivo-emocionales de los individuos, bombardearlos a través de internet (televisión, radio y prensa son medios cada vez más obsoletos y prescindibles; cuestan muchísimo dinero y no permiten a las empresas hacer esto) con información convenientemente diseñada, a menudo efímera, datos falsos “personalizados” (como los banners publicitarios que vemos cuando entramos en nuestro correo electrónico o perfil de redes sociales) que desaparecen una vez vistos, de modo que no dejan “prueba” de haber existido... pero quedan en la memoria de la gente como “algo real” que ésta “sabe que ha ocurrido”, y nadie la convencerá de que no es así, de que son meros rumores infundados. De este modo se crea realidad con una eficacia que ninguna propaganda anterior hubiera creído posible. Goebbels lloraría de emoción. 

Lo triste del descubrimiento no es que nos manipulen. Siempre lo han hecho, y sólo con muy mala fe podíamos negar que así fuera. El “lo saben, y sin embargo lo hacen” que define la razón cínica de Sloterdijk nos es ya muy familiar. Lo triste, lo verdaderamente triste de esto es el punto hasta el que se demuestra que sólo somos un puñado de clics. Que nuestra ipseidad (y todos estos conceptos tan caros a las filosofías de la identidad), nuestra individualidad, originalidad e irrepetibilidad es un cuento. Que somos clones de un rebaño cuya respuesta a estímulos puede ser predicha ‒y por tanto provocada‒ de formas casi automáticas. A los hechos hemos de remitirnos, sin demasiados aspavientos. Empieza una nueva era para el ser humano, no cabe duda. Una era en la que las condiciones socioeconómicas globales hacen prescindible la democracia tal y como fue concebida desde la Ilustración hasta finales del siglo XX. Una época de autoritarismo que sólo empezamos a atisbar. Pero ésta encuentra su asiento teórico y práctico en la manipulación de la información que somos. Eso es lo que Cambridge Analytica, Google, Amazon, etc., han entendido tan bien. Que somos quanta informacionales. Unidades de input-output perfectamente programables. No sólo es que vayamos a seguir perdiendo derechos y libertades, como bajo cualquier totalitarismo previo. Es que nos van a desmontar y reconstruir hasta nuestro sustrato más primario, reducidos a células de voto/consumo del escenario/mercado global. De “lo humano” no va a quedar nada, porque quizá nunca lo hubo, y ahora lo sabemos. Los teóricos del transhumanismo y todas estas teorías (neofeminismo, etc.) que ahora pregonan la “deconstrucción de sí mismo” y cosas similares, lo tienen todo de cara; y no es raro, pues son productos ideológicos del sistema, que les va a dar exactamente lo que quieren.  

¿Hay un “sustrato” resistente a esa asimilación? Lo emocional siempre será pasto del conductismo puro y duro. Es lo que nos hace animales, todo lo más primates. Sólo en la razón más fría y aséptica cabe una esperanza de resistencia; es lo único no asimilable, no programable. Sin embargo, razón es lo que la masa, en cuanto tal, no tiene; y en todo caso, no soportaríamos una vida basada en ella. Además, la huida hacia un individualismo racionalista (muy estoico), que por su propia naturaleza tiende a volverse egoísta, desprovisto de emociones de grupo, es otro de los efectos psicosociales que el sistema persigue. O caer en la red hoy, o caer mañana. No parecen quedar muchas alternativas. 




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© David Puche Díaz, 2018.
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