martes, 16 de octubre de 2012

TIMEO DANAOS…

El vulgo (que no es una clase social, sino algo transversal, una condición que pueden compartir tanto pobres como ricos, de la misma forma que se puede ser un señor con independencia de la extracción económica), o lo que es lo mismo, la “gente vulgar”, siempre ha recelado de “los cultos”. Es un temor atávico, algo que está en la esencia misma de lo que es ser “vulgar”. Se desconfía de aquel que no se limita a la satisfacción de sus necesidades materiales, sino que además emplea parte de su tiempo (ese que el vulgo emplea en formas socialmente toleradas de descanso, ocio o placer) en cultivarse. De ahí viene la palabra “cultura”, precisamente: de cultivo, de mejora, de crecimiento personal. El vulgo no puede entender (ni aceptar, por lo general) que alguien se dedique a algo “inútil”, “improductivo”; considera que hay algo oscuro, una especie de proselitismo en ello, como si se tratara de una secta. Los que leen, los que discuten y emplean palabras raras, los que hablan, como se dice en Alemania, “de Dios y del mundo”. El vulgo no quiere hacer eso bajo ningún concepto, porque lo aturde; o en todo caso lo hace a través de los tamices que le son impuestos, que son “respetables”, “honrados”: seguir a un partido político, profesar una religión, etc. O sea, todo eso de lo que la cultura libera, precisamente, al proporcionar autonomía de pensamiento. Los verdaderos “intelectuales” (término horrendo y que muy mal define el rol social, si cabe llamarlo así, de la persona culta) siempre son mal vistos por el vulgo, al contrario que los gurúes políticos y religiosos: se les ve como sacerdotes de una religión sin dios cuyo culto, por tanto, no se comprende, y como todo lo que no se comprende, inspira cierto miedo. O risa estúpida, que otra forma vulgar de demostrar ese recelo hacia lo que no se entiende. En realidad, los cultos le recuerdan a la gente vulgar, de forma consciente o no, lo pequeño y pobre de su existencia.

Los ejemplos históricos sobran, y podría poner muchos más actuales, pero hay uno muy elocuente; casi se podría decir que “gracioso”. En la Edad Media y el Renacimiento se temía profundamente a los magos, brujas y otras gentes poseedoras de un supuesto saber hermético. De hecho, como es sabido, se los perseguía. Se acuñó el término “grimorio” para referirse a los libros arcanos que aquéllos manejaban, de los cuales se creía que, con sólo tocarlos, podían hechizar al que lo hiciera, robarle el alma. Pues bien, la etimología del término “grimorio” procede del francés grimoire, y éste, a su vez, procede de grammaire, esto es, “gramática”. Ahí está la gracia del asunto: los que manejaban las gramáticas eran los que tenían estudios, a saber, los bachilleres y universitarios, y éstos producían una profunda desconfianza entre el vulgo de entonces. Sabían leer, algo que los demás no, y como éstos no sabían qué leían, pensaban que sería algo malo, oscuro, perverso. La única lectura pública y aceptada socialmente era la Escritura, aparte de algunos otros textos religiosos. El ignorante siempre ha visto al culto como alguien “que se cree superior”, o incluso como un “conspirador”. El razonamiento implícito es sencillo: lo que sólo pueden hacer algunos es malo necesariamente. Pues bien, lo mismo ocurre hoy en día, en esta época de barbarie altamente tecnificada, de especialistas en lo suyo (¡con suerte!) absolutamente incultos en todo lo demás. O peor: que se creen cultos porque han leído unos pocos libros, todos ellos de moda (el último premio Planeta, etc.), que permiten “estar al día”. La genuina cultura es todo lo contrario de ese “estar al día”; es, como decía Nietzsche, algo intempestivo.

Se dice que la actual (¿cuál de ellas? ¿Los menores de treinta?) es “la generación mejor preparada de la historia”. Según eso, viviríamos en un país lleno de gente culta, de intelectuales. Nada más lejos de la realidad. Los jóvenes de hoy en día tienen una preparación pésima, fruto de décadas de despropósitos socio-educativos cuya responsabilidad directa recae en nuestros políticos (a los que les ha interesado criar seres incultos y dóciles); y creo que ninguna época ha dado menos intelectuales que la presente. Hay una sequía de ideas desoladora. Decía Ortega que tener una idea es como tener una erección; si es así, la sociedad actual es enteramente impotente. Da igual cuántos títulos se cuelguen de la pared, la suma de carreras y másteres de la que se presuma: nunca se será culto por tener estudios, aun superiores, cuya finalidad sea puramente instrumental. Las carreras tecno-científicas son tan imprescindibles para la sociedad como insuficientes por sí solas, si no se desarrolla un espíritu crítico y una cultura profunda, los cuales sólo ciertos estudios “inútiles” (esos que son risibles o extrañamente molestos para la mayoría) pueden proporcionar. Esos a los que habitualmente nos referimos con el término, seguramente también desafortunado, de “humanidades”. La ciencia y la técnica constituyen el esqueleto y el músculo de la sociedad (como los intermediarios y servicios son el sistema circulatorio); pero la cultura, la genuina cultura, es su espíritu. Abre horizontes, indica direcciones. Esas que hoy nos faltan. Cuando sólo se atiende a la preparación instrumental, utilitaria, la sociedad está perdida, va a la deriva. Y así nos va. La sociedad que demuestra un manifiesto odio hacia la intelectualidad es una sociedad enferma, que reniega de sus mejores. Es verdad que los impostores, los gurúes político-religiosos, han contribuido no poco a esta situación tan desgraciada; pero el problema no es que los intelectuales sean inútiles o perniciosos: es que no se sabe distinguir al que lo es del que no (como si se confundiera la medicina con el veneno). Y no se sabe distinguirlos, precisamente, porque se es un inculto. Un peligrosísimo círculo vicioso.

Nos hace falta urgentemente (y el problema es que es como un bosque incendiado: tarda más de una generación en regenerarse) una aristocracia, sí, por mucho que la palabra moleste al vulgo; pero no una aristocracia de nacimiento, sino de preparación. Hasta que no entendamos que ésta es la única forma de auténtica democracia, nunca tendremos tal cosa. Y la reforma educativa en ciernes sólo tiene un propósito: evitar a toda costa el nacimiento de esa aristocracia; desarraigar toda posibilidad de una futura sociedad culta y libre. Está hecha por y para el vulgo.